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lunes, 14 de enero de 2013

Sinceridad

(El Presidente del Consejo Directivo del IESA, Gustavo Roosen, afirma que deberíamos ya haber aprendido que nada se sostiene sobre la base inestable de la insinceridad. Publicado en El Nacional, el 7 de enero de 2013)

El comienzo del año suele ser el momento para emprender buenos propósitos. Si pensamos en el país, el mejor de ellos tendría que ser el de sinceridad. Estamos tan necesitados de ella, de la prevalencia de la verdad sobre la mentira, de la honestidad, del valor para nombrar las cosas por su nombre, para plantear los problemas con claridad, sin ambigüedades. Nos han hecho daño tanto el engaño, las medias verdades, la desfiguración, el ocultamiento, el disfraz, el acomodo, el discurso de la demagogia o el de la autocomplacencia como los silencios estudiados, las posturas acomodaticias o el fingimiento.

Necesaria siempre, la urgencia de sinceridad se impone hoy para el país de modo muy especial en este 2013 cargado desde ya, mucho más que años anteriores, por el peso de una incertidumbre de muy diverso origen. Reducir esta incertidumbre y generar en su lugar un clima de seguridad y confianza pasa necesariamente por una voluntad colectiva de sinceridad, incompatible con la mentira, la hipocresía, la ambigüedad o la falsedad.

Satisfacer esta necesidad y este clamor nacional debería ser hoy un compromiso prioritario de líderes e instituciones. El ciudadano común espera, por ejemplo, que los llamados a la unidad sean honestos, inclusivos, no simples tácticas de distracción o para ganar tiempo. No pueden ser sinceros si van acompañados simultáneamente del insulto o la descalificación del otro. No puede ser entendida como sincera una apelación al respeto y a la comprensión si la actitud que sigue a la palabra encierra precisamente irrespeto, desconocimiento o negación.

La recuperación de la confianza exige sinceridad en el abordaje de los temas capitales, los que competen a la política, a la economía, a lo social. Gobierno y oposición tienen el compromiso de decir la verdad al país, de no desfigurarla ni disfrazarla en virtud de sus cálculos políticos o electorales. Son esos cálculos los que han contribuido a mantener una situación de engaño, de indecisión, de incredulidad, de posposición de los problemas, de encubrimiento o subvaloración de las dificultades.

La falta de sinceridad ha llevado a muchos sectores a vivir una situación de temporalidad, a postergar la solución de los problemas, incluso a negarlos o a ignorar su verdadera dimensión. Las medias verdades, el silencio frente a los problemas, el manejo engañoso de índices y estadísticas han permitido crear una ilusión de crecimiento que terminará por explotar con el agravante de la sorpresa.

La percepción de un Estado de Derecho insincero ha hecho poco creíbles las políticas públicas, y restado efectividad a su aplicación. Nada de admirar, en consecuencia, la duda sistemática frente a la administración de justicia o los anuncios en materia de seguridad, salud o educación. Crece, al contrario, la conciencia de que, incluso los mejor intencionados, lejos de buscar las verdaderas soluciones se ocupan apenas de encontrar las que les permitan sobrevivir en condiciones de incertidumbre.

Deberíamos ya haber aprendido que nada se sostiene sobre la base inestable de la insinceridad. Ni las relaciones personales, ni la política, ni la economía. No, desde luego, una productividad afirmada en acuerdos laborales bajo amenaza, resultado de equilibrios frágiles o en salidas patronales orientadas más a la sobrevivencia y a la ganancia inmediata que a la inversión y al largo plazo.

Un gesto de sinceridad que el país espera del liderazgo sería el reconocimiento de la necesidad de crear el capital político que hace falta para hacer frente a las dificultades que vienen, para enderezar los entuertos y adoptar las medidas adecuadas, incluso las que puedan ser consideradas impopulares Se hace imprescindible superar la ficción, amarrarse a la verdad, aunque dura, apelar a la madurez de los ciudadanos y crear confianza sobre las bases de la honestidad y la sinceridad.

Los buenos deseos no siempre vienen acompañados de buenos propósitos. Es hora de hacerlo, de formular votos por un año de sinceridad, pero de comprometernos simultáneamente con vivirla y exigirla.

viernes, 26 de marzo de 2010

José Mayora \\ Estado de derecho o estado de capricho

Cuando nos referimos al Estado de derecho, nos referimos a un Estado donde imperan la ley y las instituciones encargadas de su confección, aplicación y control. Con el debido criterio profesional y gerencial, usan su autonomía para cumplir con su no fácil papel de hacer lo que les corresponde.El Estado de derecho hay que sustentarlo en recursos humanos formados en universidades autónomas y democráticas, formación que abarca tanto lo técnicamente esperable del área de experticia, como un conjunto de principios y valores rectores que orienten la conducta de los individuos en sus decisiones.

Es decir, éstas estarán basadas en criterios objetivos y principistas que garanticen una razonable separación de las personas y sus emociones, con los hechos en cuya decisión deben participar.Un Estado como el descrito en los párrafos anteriores, no se logra de la noche a la mañana, se requiere una constante labor pedagógica desde la sociedad para que en la normal rotación generacional, no se diluyan los valores y principios fundamentales.En la otra cara de la moneda se encuentra el Estado de capricho el cual es sólo comprensible en tanto y en cuanto su liderazgo sea caprichoso o, mejor dicho, extravagante. Un líder extravagante es aquel cuyo actuar siempre se encuentra fuera del orden normado o fuera de las costumbres.

Un Estado de capricho, es propio de quienes en el ejercicio de funciones públicas, se permiten el uso de términos escatológicos para calificar o remitir a cualquiera de los miembros institucionales o ciudadanos, que tengan la osadía de discrepar con el verbo, con la pluma o con el voto.En un Estado de capricho es normal que los líderes formales, es decir, electos por los ciudadanos, eludan la Constitución y las leyes sin más argumento que su desmedido afán de poder.En un Estado de capricho, es frecuente que las opiniones personales sean penalizadas con escarnio público y, consecuentemente, con cárcel.En estricto sentido, tanto la extravagancia como el capricho, son rasgos de personalidad que están reñidos con el sano ejercicio del poder.

Son atributos que revelan inmadurez política. Quienes exhiben este tipo de conducta asumen la censura, la descalificación, la fabulación, la falsedad, la descontextualización, como la única perspectiva cierta. La concepción del mundo está limitada por su ignorancia y la incapacidad por reconocer esto, los lleva a pedagogizar como novedoso sobre lo que, para bien o para mal, es pasado superado.Su tránsito por otros continentes tiene como finalidad la búsqueda de iguales como única posibilidad de encontrar con quien compartir un discurso que corre el riesgo de quedarse sin audiencia.

Sin embargo, frente a este rasgo de la extravagancia, por demás indeseable, ¿por qué resulta tan fácil pasar de un Estado de derecho a un Estado de capricho?; ¿cuánto deterioro debe implementar un Estado de capricho para mantenerse en el poder, independientemente de su popularidad?Con liderazgos extravagantes en el poder, no hay manera de lograr consenso, reconciliación, diálogo o cualquier otro mecanismo de comunicación distinta a lo pautado en sus propios proyectos. Cualquier solicitud en esa línea posiblemente peca o de ingenua o de irreflexiva.En la construcción de un Estado de derecho, no hay cabida para liderazgos extravagantes y caprichosos.

Artículo de opinión
Viernes, 27 de marzo de 2010
www.eluniversal.com
mayora.j@gmail.com