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viernes, 1 de febrero de 2013

Juez y parte

Gustavo Roosen, Presidente del Consejo Directivo del IESA, asegura que para satisfacer las necesidades de abastecimiento de la población,  la única fórmula es más producción. Publicado en El Nacional, el 21 de enero de 2013


La propaganda oficial sobre logros inexistentes en la producción de bienes para el consumidor, el silencio respecto de los fracasos en las empresas estatales, el acoso a las del sector privado y el recurso al escándalo como instrumento para denunciar lo que engañosamente se presenta como acaparamiento se han convertido en las políticas con las que el Gobierno intenta cubrir –no resolver– el problema del desabastecimiento.

Mientras en la mayoría de los países se avanza en una más clara separación de funciones económicas, adjudicando al Estado las de fijación de políticas y control, y al sector privado la de producción, en Venezuela sufrimos los efectos de la pretensión estatista de abarcarlo todo, de constituir nuevas formas monopólicas y reducir el campo de acción del sector privado, camino contrario al propuesto incluso en la propia China. Allí, desde los setenta, cuando se introdujo la economía de mercado, más de 90% de las compañías estatales se han convertido en corporaciones y algunas se han reestructurado para convertirse en compañías de propiedad privada por acciones. La decisión china de adelantar reformas incluye reducir la posición dominante de las empresas estatales, consideradas focos de corrupción y despilfarro. Se propone acelerar el proceso de transformación, mejorar la gestión de los recursos humanos, incrementar la eficiencia y la productividad, buscar la actualización tecnológica, avanzar en el control de costos y de la contaminación. Los estudiosos de esta apertura se preguntan qué puede hacer China para avanzar con su modelo económico, y se responden: agilizar el entramado burocrático y resolver el viejo problema de las empresas estatales –atrasadas, pesadas, ineficientes–.

En Venezuela se mantiene el conflicto de intereses de un Estado que pretende ser simultáneamente regulador y competidor, que además no es capaz de regularse a sí mismo y menos de mostrar los resultados de su propia evaluación. Rehúye la rendición de cuentas de sus propias empresas mientras ahoga en exigencias a las del sector privado. La eficiencia de las empresas del Estado se ha convertido en tema cerrado. Sólo se toca con cifras manipuladas cuando se trata de culpabilizar al otro. Es la forma de cubrir la propia ineficiencia. Se minimiza el hecho de que el Estado concentra la mitad de la capacidad de producción de varias cadenas alimenticias y de que esas empresas públicas no están supliendo oportunamente al mercado.

Los ministros hablan de desabastecimiento pero olvidan que crearon empresas para competir con el sector privado y que estas empresas han sido ineficientes. No sólo han impedido el trabajo a quienes saben producir sino que han creado desaguaderos de los bienes públicos. Allí está la razón de la crisis de abastecimiento y la razón de nuestra creciente dependencia de las importaciones.

Olvidan también que las decisiones oficiales en materia laboral no han contribuido a estimular la responsabilidad y dedicación del trabajador y, en consecuencia, a incrementar la productividad. La inamovilidad laboral ha facilitado el ausentismo y la práctica del menor esfuerzo. Eliminado el principio de premio y castigo, da igual ser productivo que no serlo. Se repite el círculo vicioso de menos productividad, menos unidades de producción, carestía, inflación. A la larga, se castiga al consumidor. Las previsiones de la nueva Ley del Trabajo, por otra parte, hacen esperar nuevos costos y crean obligaciones contables y legales que afectan la capacidad de inversión de las empresas, todo lo cual termina en estancamiento o reducción de la producción.

Para satisfacer las necesidades de abastecimiento de la población, no hay duda, la única fórmula es más producción. El sector privado no rehúye su responsabilidad, pero aspira a políticas que le permitan producir con eficiencia. El Estado, por su parte, convertido en controlador y competencia, juez y parte, está en la obligación de resolver este conflicto de intereses. No le es suficiente el silencio sobre su propia

jueves, 1 de noviembre de 2012

Periodismo que cambia el mundo

 (Moisés Naím afirma que las tecnologías medievales como la censura se enfrentan con gran desventaja a las tecnologías de la información de la era de la globalización. Publicado en El Nacional, el 30 de octubre de 2012)

David Barboza dirige la oficina del The New York Times en Shanghai. Acaba de publicar un artículo de enorme importancia; de hecho hasta podría llegar a tener consecuencias directas para usted. Barboza escribe sobre la corrupción de los familiares de Wen Jiabao, el primer ministro chino. En principio, en esto no hay nada de nuevo. No pasa un día sin que en alguna parte del mundo estalle un escándalo de corrupción que involucre a políticos, gobernantes y sus cómplices en el sector privado. Y decir que en China hay corrupción es revelar lo obvio. Pero este artículo, y este escándalo, son distintos.

¿Cómo hablar de corrupción? Los reportajes sobre este tipo de escándalos suelen hacer mucho ruido, pero a menudo no están bien documentados y no llegan a nada. Las denuncias sin consecuencias crean gran frustración en el público y corrompen la lucha contra la corrupción. No es el caso del artículo de Barboza, quien ha realizado uno de los trabajos periodísticos mejor documentados y más rigurosos que he leído sobre el tema de la corrupción en las altas esferas. Se basa en datos confirmados por múltiples fuentes, evidencias imposibles de refutar, complejos análisis financieros auditados por contadores independientes contratados para garantizar la precisión del artículo, y un largo, arduo y evidentemente costoso trabajo de investigación periodística.

Es obvio que un artículo publicado fuera del país no va a hacer mella definitiva en la corrupción china. Pero es igualmente obvio que los dirigentes de ese país, que se creían hasta ahora protegidos por el sistema político, saben ya que en estos tiempos ni la impunidad ni la invisibilidad de la corrupción están garantizadas.

El buen periodismo vale… y cuesta. El gran artículo de Barboza no hubiese podido ser elaborado por un bloguero, o por una organización periodística que se limita a “agregar” –es decir, reproducir en la red– el contenido de otros. Las redes sociales tampoco. El artículo requirió de la organización, los recursos financieros y los altos estándares profesionales del The New York Times. Todo esto es muy costoso. Pero es lo que produce periodismo con valor social, y a nivel mundial. Internet y las tendencias que actualmente socavan la viabilidad financiera de los grandes medios de comunicación tienen mucho de imparable. Pero artículos como este del The New York Times ilustran de forma contundente cuánto nos empobreceríamos como humanidad si desaparecen las organizaciones capaces de producir contenidos objetivos, independientes y de alta calidad.

La Gran Muralla china ya no protege. En la antigüedad, la Gran Muralla no fue capaz de impedir que los mongoles invadieran China de vez en cuando. Y ahora tampoco. La gran cibermuralla que el Gobierno de Pekín ha erigido para censurar los contenidos que viajan por Internet tampoco puede garantizar que los chinos no se enteren de las revelaciones del artículo del The New York Times. El Gobierno bloqueó la página en inglés y en chino de ese periódico, así como el acceso a través de motores de búsqueda como Google y las redes sociales como Weibo, el equivalente chino de Twitter. Los miles de censores están ocupadísimos monitoreando y bloqueando la difusión de esta información. Pero la historia ya está en todos los medios de comunicación del mundo, en Internet, en redes sociales y eventualmente en boca de muchos en China. Las tecnologías medievales como la censura se enfrentan con gran desventaja a las tecnologías de la información de la era de la globalización. Seguramente, la censura hará que centenares de millones de chinos nunca se enteren de que la familia de su primer ministro acumuló una fortuna de 2.700 millones de dólares. Pero varios millones ya lo saben. Y en China eso antes no pasaba.

Las consecuencias para usted. China está pasando por tiempos difíciles. El crecimiento económico se está desacelerando. Las protestas callejeras por todo tipo de quejas se multiplican. El próximo 8 de noviembre comienza el Congreso del Partido Comunista Chino, liderado por su nuevo jefe, Xi Jinping, que en marzo será nombrado presidente. La transferencia de poder ha estado llena de tensiones y pugnas entre facciones rivales, incluida la defenestración de Bo Xilai, uno de los más influyentes líderes del partido. Las revelaciones del artículo del The New York Times van a nutrir estas pugnas. Por ahora nada indica que el cambio de poder en China vaya a afectar de manera grave la estabilidad política de ese país. Pero si eso sucede, la economía china sufrirá, lo cual a su vez agravará la crisis europea y afectará a los muchos países que dependen de la buena salud de la segunda economía del planeta.

miércoles, 14 de julio de 2010

Cuando en el galpón de producción, la oficina de la gerencia o la recepción de una empresa en Texas o Carolina del Norte flamean juntas las banderas de China y de Estados Unidos, no se puede menos que pensar en el fenómeno de la globalización, en su comprensión por parte del gigante asiático y en sus implicaciones para todos. Si en las décadas de los setenta y ochenta, Japón sustentó el milagro de su expansión económica en la valoración no sólo de sus propias capacidades sino también de las ventajas comparativas y competitivas de terceros países, hoy es China la que expande su espacio de acción mediante la presencia de sus emprendedores allí donde confluyen su visión del negocio con una suma adecuada de incentivos o ventajas.Gracias a los beneficios fiscales ofrecidos por Estados Unidos y a las oportunidades abiertas por la globalización, hoy buena parte de la industria automotriz japonesa está instalada en Estados Unidos, cerca de sus grandes mercados.

China avanza por el mismo camino: empresas chinas produciendo en terceros países, en sus mercados objetivo o cerca de ellos, aprovechando las ventajas de infraestructura industrial y comercial y los incentivos fiscales o exoneraciones impositivas ofrecidos por otros países, adaptándose a sus esquemas gerenciales, generando empleo local, aplicando los principios básicos de la eficiencia y la productividad, inspirándose en la esencia del espíritu emprendedor, descrito en una de las fábricas chinas de Carolina del Norte con el lema "luchar por objetivos claramente definidos y hacer posible lo imposible sin excusa" Si las cifras que ofrecen las publicaciones especializadas revelan los niveles de reservas de China y sus índices de crecimiento, su presencia en otras economías como inversionista productivo y generador de empleo muestra su comprensión de las dinámicas del mercado en tiempos de globalización.

Con el apelativo de comunista todavía marcado en la frente y la pesada carga de una política de desconocimiento de los derechos humanos a las espaldas, el Gobierno chino ha optado, sin embargo, por una economía productiva, una de cuyas manifestaciones más visibles es su decisión de incentivar la inversión directa en otros países, incluido Estados Unidos, y de apoyar a emprendedores chinos para establecerse en ellos.Contrasta esta actitud con la de países empeñados en vivir de su pasado o en utopías retrógradas, con políticas que terminan por destruir empleo, reducir su capacidad competitiva, hundirse en un peligroso estado de estanflación, incrementar su deuda externa y reducir su capacidad de pago hasta el punto de riesgo de insolvencia como el que para Venezuela deduce el Financial Times en un reciente análisis.

En Venezuela, a diferencia de China, una política de aislamiento y de persecución al emprendimiento ha tenido como resultados destrucción de la capacidad productiva y de las propias ventajas competitivas. El país había sido capaz en un momento de conjugar la inversión externa en sus principales empresas con la presencia de las mismas en otros países mediante actividad e inversiones directas, aprovechando las ventajas fiscales, de infraestructura y de cercanía a los mercados.Había logrado avanzar por esa vía en el proceso de diversificar la base exportadora. Todo indica que caminamos ahora en sentido contrario: hacia el aislamiento, la pérdida de oportunidades, la destrucción de nuestras ventajas competitivas y de nuestra capacidad de crecimiento.Las buenas lecciones, no importa de dónde vengan, son para ser escuchadas. Y para ser interpretadas con buen juicio.

Artículo de opinión
Miércoles, 14 de julio de 2010