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jueves, 8 de noviembre de 2012

Lo que está en juego el 16D

 (La Directora Académica y de Investigación del IESA, Rosa Amelia González, destaca la importancia de ejercer el derecho al voto en las elecciones del 16D. Publicado en el diario Últimas Noticias el domingo 4 de noviembre de 2012)


Dentro de mes y medio los venezolanos tenemos una nueva cita electoral; esta vez para escoger a los gobernadores de los 23 estados que conforman el territorio nacional. Nuestra historia política reciente muestra que este tipo de elección genera menos interés entre los ciudadanos, lo cual se traduce en menor participación o mayor abstención.

En el caso de esta elección en particular, hay razones para pensar que, a diferencia de lo ocurrido el 7O, cuando se consiguió un nivel de participación nunca visto -de más de 80 por ciento-, el 16D se pudiera registrar otro récord, pero esta vez de abstención. 

Del lado de la oposición, muchos no han logrado sobreponerse del resultado de octubre, a lo cual se suman la desconfianza en la actuación del CNE y el cuestionamiento de la justicia de la contienda, dado el ventajismo del Gobierno. Del lado oficialista, pareciera que el fervor que genera el presidente Chávez no necesariamente es transferible a sus candidatos a gobernador, cuyo liderazgo político está totalmente ensombrecido por la figura del líder.

En todo caso, dado que el voto opositor depende en mayor medida de la disposición personal del elector -a diferencia del voto oficialista donde ya se puso en evidencia el poder de la maquinaria “partidista”-, si la oposición no logra entusiasmar a sus seguidores, se corre el riesgo de que el resultado le resulte adverso.

Sin ánimo de ser apocalípticos, un triunfo avasallador del oficialismo el 16D sería equivalente al fin de la descentralización. Aunque el presidente Chávez le salió al paso a las declaraciones de Aristóbulo Istúriz en el programa José Vicente Hoy (14 de octubre), el candidato del Psuv a la Gobernación del estado Anzoátegui afirmó que “desmontar las alcaldías y gobernaciones es un paso indispensable para el avance efectivo del proceso de cambios socialistas en Venezuela”, agregando que “los mejores gobernadores serán aquellos que primero desbaraten las gobernaciones”. Estas declaraciones están en perfecta sintonía con los ataques que le ha propinado el actual gobierno a la descentralización y con la propuesta de una “Nueva geometría del poder”, que se incluyó en la propuesta de reforma constitucional que fue rechazada por el electorado en 2007.

La recentralización del poder tendría consecuencias nefastas para el ciudadano, unas más tangibles que otras en el corto plazo. Una muy importante está relacionada con la crítica que se ha hecho -y ha sido admitida por el propio Presidente- sobre la ineficiencia del Gobierno nacional. Cuando la gestión de ciertos asuntos públicos (como la vialidad y el funcionamiento de los servicios) se aleja demasiado del ciudadano, disminuye la capacidad de respuesta del Gobierno, así como la posibilidad de que la población exija respuestas por parte de las autoridades.

Otra consecuencia menos tangible sería la pérdida de la única instancia que todavía permite contrabalancear el poder político en el país. En un escenario donde el oficialismo domina todos los poderes públicos, las gobernaciones y alcaldías son el espacio que nos queda para el ejercicio del pluralismo que es consustancial a la democracia.
Finalmente, el país perdería el semillero del liderazgo político. Frente al estilo dominante del presidente Chávez, que no permite el surgimiento de otras figuras que puedan competir por la simpatía del pueblo, la existencia de gobernaciones y alcaldías autónomas es el único medio para que emerjan las otras opciones de liderazgo que reclama el ciudadano.

miércoles, 1 de agosto de 2012

¿Para qué sirve un ex presidente?

(Moisés Naím contrasta las acciones tomadas por los ex presidentes de Brasil, Henrique Cardoso y Luiz Inácio Lula da Silva, para responder a la interrogante para qué sirve un ex presidente. Publicado en El Nacional el 24 de julio de 2012)

Según el viejo chiste, los ex presidentes son como jarrones chinos: todo el mundo dice que son muy valiosos, pero nadie sabe qué hacer con ellos. Y muchos jefes de Estado tampoco saben qué hacer una vez dejan de serlo. Algunos, como Bill Clinton, mantienen una actividad frenética; otros, como Vladimir Putin, se las arreglan para no dejar nunca el poder y otros, como Silvio Berlusconi, dedican su pos presidencia a preparar el regreso.

En estos días, dos eventos protagonizados por dos ex presidentes ilustran formas muy distintas de asumir el papel de ex. El contraste de sus actuaciones no ha podido ser más extremo y aleccionador. Se trata de los dos ex presidentes más famosos -y exitosos- de Brasil: Fernando Henrique Cardoso y Luiz Inácio Lula da Silva. Cardoso ganó el premio más importante del mundo en ciencias sociales: el Kluge, otorgado por la Biblioteca del Congreso de EE. UU.

El jurado enfatizó que el premio reconocía los aportes intelectuales de Cardoso, un prestigioso sociólogo antes de entrar en la política. Este hizo contribuciones pioneras al análisis de la desigualdad y el racismo en el subdesarrollo. Y fue el padre de la famosa Teoría de la Dependencia, que sostenía que el subdesarrollo era en parte causado por los países más ricos y las relaciones de explotación que mantenían con los países pobres. Idea popular en los 70 y 80, ha perdido vigencia y él mismo reconoce que sus conclusiones ya no son válidas.

Casi al tiempo con el galardón de Cardoso, Lula intervenía por videoconferencia en la reunión del Foro de São Paulo, agrupación de la izquierda latinoamericana fundada con el auspicio del Partido de los Trabajadores de Brasil (PT) en 1990. A los asistentes Lula les dijo: "Solo con el liderazgo de Chávez el pueblo realmente ha tenido conquistas extraordinarias. Las clases populares nunca fueron tratadas con tanto respeto, cariño y dignidad. Esas conquistas deben ser preservadas y consolidadas. Chávez, cuente conmigo, cuente con el PT, cuente con la solidaridad y apoyo de cada militante de izquierda, de cada demócrata y de cada latinoamericano. Tu victoria será nuestra victoria".

Es legítimo que Lula exprese su afecto y admiración por Hugo Chávez. Pero no lo es que intervenga en la campaña electoral de otro país. Eso no lo hacen los demócratas. Lula lo sabe. Y ya lo había hecho antes, cuando, en vísperas de un importantísimo referéndum en Venezuela, irrumpió en el proceso afirmando que Chávez era el mejor presidente del país en los últimos cien años.

Tampoco es legítimo distorsionar, como lo hizo Lula, la realidad venezolana, en especial la de los pobres. Chávez ha tenido un efecto devastador para Venezuela y los pobres son sus principales víctimas. Son ellos quienes pagan las consecuencias de vivir en uno de los países más inflacionarios del mundo, quienes deben arreglarse con un salario real que ha caído al nivel que tenía en 1966. Quienes no consiguen trabajo a menos que sea en el sector público y a condición de demostrar constantemente su adoración y fidelidad "al comandante". Quienes ven a sus hijos e hijas asesinados a una de las tasas más altas del mundo. No es de extrañar, por tanto, que en las últimas elecciones legislativas más de la mitad de los votos fueran contra Chávez. En Venezuela es imposible alcanzar ese porcentaje sin millones de votos de los más pobres. Tampoco es legítimo que Lula aplauda en otro país políticas públicas diametralmente opuestas a las que impuso con gran éxito en Brasil.

En este sentido, no sería malo que, al igual que imitó las políticas de Cardoso cuando fue presidente, Lula lo emule ahora como ex presidente. Sería bueno que aprenda del Cardoso político; el que sabe que un verdadero demócrata no usa su prestigio e influencia como ex presidente para intervenir de manera abusiva en las elecciones de otro país.

jueves, 20 de enero de 2011

Ramón Piñango \\Obra son amores

En su reciente intervención ante la Asamblea Nacional, el presidente Chávez hizo un llamado al diálogo y señaló su disposición a escuchar a la oposición. Fue muy reiterativo en su llamado y unas cuantas veces se autocalificó de demócrata. Habló con ansiedad, esforzándose para que le creyeran. ¿Por qué tanta insistencia y tanta ansiedad? Hugo Chávez hoy necesita como nunca ser considerado un demócrata presto a escuchar las voces de la oposición.

No las tiene todas consigo. Problemas nacionales tan graves e impopulares como la inseguridad personal, la inflación y el creciente déficit de viviendas, acosan al Gobierno y lo asustan. Por otra parte, en el chavismo hay gente sensata que, con perplejidad y preocupación, percibe la inocultable incompetencia para atender problemas relativamente sencillos como las destrozadas vías públicas.

A esa gente debe alarmarle el incidente de los damnificados arrollados por un autobús, cuando manifestaban por las pésimas condiciones del refugio que les habían asignado. Y más aún debe alarmarles la conducta irresponsable del alcalde del PSUV y el torpe trato del general que se hizo cargo de la situación de los refugiados. ¿Cómo no vincular toda esta realidad con la caída en la popularidad del máximo líder, popularidad que, sin duda, constituye el verdadero capital político del oficialismo? A la realidad nacional se suma el rápido ritmo en que la comunidad internacional le ha ido perdiendo aprecio y estima al Gobierno venezolano y, en particular, al Presidente. Son frecuentes los comentarios de los medios internacionales sobre la pobre disposición democrática del líder del socialismo del siglo XXI.Ante ese deshilachado panorama, el régimen enfrenta la necesidad de hacer algo para ganar puntos perdidos o para controlar los daños causados por evidentes errores políticos.Tal necesidad explica tanto llamado al diálogo y tanto repetir "soy democrático".

Eso se entiende. Sin embargo, el discurso presidencial delata las carencias presidenciales. Obras son amores y no buenas razones. Si Hugo Chávez tiene que repetir y repetir que quiere dialogar y que es democrático es porque obviamente teme que no le vayan a creer. Casi dijo: "Les juro que soy demócrata".Tiene que recurrir a un exceso de palabras porque, consciente o inconscientemente, sabe que sus procederes no son democráticos. De una u otra forma en su cerebro procesa lo que ha hecho con la juez Afiuni, con los comisarios, con los tres diputados electos a quienes no se les dejó incorporarse a la Asamblea, tantas expropiaciones hechas de manera ilegal. Se recuerda de Franklin Brito. Sabe cómo le incomodan las críticas de la oposición y que ni siquiera tolera las discrepancias en su entorno más cercano. Sabe también que la gente no olvida el cierre de RCTV y muchas estaciones de radio, ni tampoco las amenazas contra Globovisión.

Las convicciones democráticas no se demuestran con palabras sino con hechos. A Hugo Chávez le han sobrado oportunidades para mostrar al país y al mundo su vocación democrática y, sin embargo, no las ha aprovechado. Su conducta política se puede resumir en pocas palabras: concentrar todo el poder en sus manos. Así eliminó la división de poderes para abrir las puertas a todo tipo de abusos y arbitrariedades.Sin esa separación no hay discurso ni promesas o juramentos que valga.

Para ser creído, el Presidente tendría que hacer cambios radicales en su gobierno, como, por ejemplo, acordar con la oposición la designación de un fiscal creíble y confiable para los más amplios sectores del país. Tal cosa hoy es improbable. Él y sus colaboradores se acostumbraron a gobernar con todo el poder. No podrían actuar de otra manera.El régimen está atrapado en sus propias prácticas políticas

Artículo de opinión
Jueves 20 de enero de 2011
www.el-nacional.com
www.iesa.edu.ve