miércoles, 8 de mayo de 2013

Ilusión de conflicto

"La escogencia fundamental es si uno quiere vivir la vida como héroe o como víctima", reflexiona Ricardo Villasmil, profesor del IESA. Publicado en El Universal, el 4 de mayo de 2013.


Basta con echarle un vistazo a la situación del país para percatarse de que "esto" se derrumba. Cada quien tiene su definición de lo que es "esto". Para algunos es Maduro, para otros los herederos de Chávez y para otros, el chavismo.

Es ciertamente tentador personalizar los problemas y es sin duda nuestro primer impulso como seres humanos. El problema es Maduro. O Diosdado. O Giordani. Algo similar a lo que nos sucede cuando nos va mal en el trabajo, en el colegio o con su pareja: mi jefe es una plasta, mi maestra la tiene agarrada conmigo y mi novia es muy celosa. Pero claro, las cosas nunca son tan simples y su entendimiento reclama una visión más profunda y autocrítica. 

Lo que se derrumba hoy en Venezuela es mucho más que una persona o un proyecto político. Se derrumba una forma de entendernos a nosotros mismos y a nuestra relación con el Estado. Así como en los ochentas se derrumbó lo que Naím y Piñango llamaron "una ilusión de armonía" o el bienestar artificial e insostenible que vivíamos, lo que se derrumba ahora es "una ilusión de conflicto" idea según la cual la construcción de la sociedad y del Estado que queremos requiere primero de la destrucción total de los que tenemos. 

Un buen amigo me dijo una vez que la escogencia fundamental que uno hace en su vida es si uno quiere vivir la vida como héroe o como víctima. El proyecto chavista escogió concebirnos como víctimas, concepción fatalista que solo lleva al resentimiento y éste a la resignación pasiva o al conflicto destructivo. El chavismo interpreta todo desde esa concepción: nuestra historia es una de unos españoles que vinieron a abusar de "nosotros". Y en esa historia, con quién nos identificamos? ¿Quiénes somos nosotros? Los indígenas y los esclavos de origen africano, claro. Y así todo lo demás. Los empresarios son explotadores y los trabajadores explotados. Los ricos malos y los pobres buenos. 

La concepción del héroe es radicalmente distinta. Las desventajas y los obstáculos no son vistos como razones para justificarse y postrarse, sino para levantarse más temprano y vencer las barreras de la exclusión para luego integrarse y construir un mundo distinto desde adentro con la mirada puesta en el futuro. No para enfrentarlo desde afuera para destruir ese mismo mundo con la mirada puesta en el pasado. 

¿Qué quiere ser usted?

@rvillasmilbond; www.ricardovillasmil.com

lunes, 6 de mayo de 2013

La eficiencia execrada

"La eficiencia, en efecto, no se decreta. Se logra. Igual que la productividad", indica Gustavo Roosen. Publicado en El Nacional, el 29 de abril de 2013.

Nicolás Maduro ha incorporado al discurso oficial la palabra eficiencia, antes execrada por capitalista. En la medida en que los recursos sean más escasos, posiblemente también dé cabida a productividad y, eventualmente, a competitividad, rentabilidad, valor de la iniciativa privada, y otras. Simplemente enunciarlo no será, desde luego, suficiente. Nada cambiaría si no son incorporados simultáneamente los conceptos, los fundamentos que los sustentan y, más aún, las prácticas y los modos de hacer que convierten los conceptos en realidades.

La eficiencia, en efecto, no se decreta. Se logra. Igual que la productividad. Ambas implican método, capacitación, sistemas de trabajo, atención a los detalles, voluntad de excelencia, constancia, innovación. Son producto de una cultura del trabajo, de la organización, del esfuerzo metódico y sostenido. Exigen claridad de objetivos y selección adecuada de los medios. Se expresan en resultados. No conviven con el desorden, la ineptitud, el más o menos, la rutina, la permisividad. No se logran, desde luego, alentando el ausentismo, la anarquía o la desidia laboral.

Así lo han entendido países tan cercanos como Colombia o tan distantes como la India, cuyo crecimiento se explica por la aplicación de políticas públicas orientadas a generar riqueza sobre la base del trabajo, del fomento de la inversión pública y privada, del estímulo a la innovación, de la creación de condiciones para una intensa actividad privada generadora de oportunidades de empleo y de bienestar colectivo.

Con menos recursos que Venezuela, Colombia puede mostrar claramente mejores índices de crecimiento y desarrollo. Una de las claves ha sido, sin duda, la confianza en el sector privado y la voluntad de tender puentes efectivos para una acción coordinada. El ejemplo más reciente es el Plan de Impulso a la Productividad y el Empleo, PIPE, programa de más de 3 millardos de dólares llamado a generar 350.000 empleos y a contribuir a la meta de un crecimiento económico de 4,8% programada para este año. De la inversión prevista, algo más de 40% estará destinado a vivienda; el resto a medidas arancelarias, infraestructura, agricultura, fomento de la competitividad, comercio e industria, lucha contra el contrabando, promoción de la innovación. Destacan planes concretos para mejorar el sistema de logística, reducir el costo de la energía para la industria, facilitar la importación de materias primas y bienes de capital.

Con las diferencias de dimensión y cultura, el gigantesco y sostenido crecimiento de India responde al mismo esquema: planificación realista, generación de confianza, estímulo a participación del sector privado, incluso en la construcción de infraestructura. Ese ha sido el camino para generar empleo productivo y avanzar en la reducción de la pobreza. A la parálisis de las décadas de los cincuenta a los ochenta, marcadas por un excesivo estatismo, ha sucedido en las más recientes un periodo de extraordinario crecimiento, uno de los más altos del mundo, como para dar razón a los analistas que anticipan que emergerá en breve como una de las economías globales más importantes.

Si es verdad la vieja expresión según la cual los números son el lenguaje de la gerencia, Colombia e India tienen mucho que exhibir. No así la Venezuela de esta hora, definida dolorosamente por sus altos índices de inflación, enorme incremento de la deuda pública, devaluación, bajos índices de productividad, disminución del empleo formal, ausencia de inversiones, reducción de las exportaciones, aumento de la importaciones, desabastecimiento, paralización del aparato productivo.

Está bien traer al discurso público el reconocimiento de la necesidad de la eficiencia y la productividad. No es, sin embargo, suficiente. Ni es eficaz si no va acompañado de verdaderos gestos de diálogo, de voluntad de reducir la pugna y de hacerlo con respeto por el otro, por el sector privado, sin condicionamientos inaceptables, con un creíble llamado al trabajo y a una reducción de la conflictividad laboral, dentro de un marco legal que estimule y genere confianza.

jueves, 18 de abril de 2013

Y ahora, la economía

Gustavo Roosen, presidente del IESA, señala que uno de los efectos perjudiciales de nuestra dependencia del petróleo es el impacto de la variabilidad de los precios del crudo sobre la economía. Publicado en El Nacional, el 15 de abril.

Pasado el trasnocho del 14 el país tendrá que ir despertando, en calma o con sobresaltos, a la realidad. El discurso político de la campaña tendrá que dar paso al económico. La situación del país, marcada por el endeudamiento, la inflación, la parálisis del aparato productivo, el desabastecimiento, la debacle de las empresas básicas, la ausencia de políticas económicas claras y confiables, no aguanta más postergaciones. Si la abundancia del ingreso petrolero ha servido hasta ahora para encubrir la ineficiencia y tapar el caos, nada hace pensar que puede seguir siendo igual en el futuro. El tema del petróleo debería ser, precisamente, uno de los elementos centrales de cualquier análisis.

Uno de los efectos perniciosos de nuestra dependencia del petróleo es el impacto de la variabilidad de los precios del crudo sobre la economía. Los altos precios de los últimos años han contribuido a generar una falsa seguridad, a mantener una conducta irresponsable de despilfarro y a posponer políticas que hubieran permitido orientar al país hacia la producción, la productividad, la generación estable de empleo y riqueza. Se ha sembrado una cultura de la dádiva, de la estabilidad laboral sin obligaciones, de la dependencia, cuando lo que el país necesita urgentemente es una cultura del trabajo, de la responsabilidad, de la productividad.

No es arbitrario preguntarse qué pasaría si los precios del petróleo se ubicaran, por ejemplo, alrededor de 80 dólares. No se trata de una especulación arbitraria. Más de un analista acepta esta posibilidad sobre la base de los muchos elementos que determinan el precio, más allá del tradicional argumento del equilibrio oferta-demanda, y que incluyen, entre otros, condiciones geopolíticas, especulación, estabilidad de las monedas de transacción internacional, innovaciones tecnológicas, presencia de fuentes alternativas.

Como nuevo elemento en la ecuación es, por ejemplo, inevitable considerar el predecible aumento en la producción de hidrocarburos por aplicación de la técnica del fracking o fracturación hidráulica, procedimiento que consiste en la inyección a presión de agua y arena en la roca para favorecer la extracción del gas o petróleo allí contenido. Gracias a esta tecnología, aplicada ya a más de 25.000 pozos horizontales en Estados Unidos, las reservas de gas natural de ese país han crecido 25% en los últimos 2 años. Sólo en 2012 la producción de crudo aumentó en 780.000 barriles diarios, el mayor incremento en su historia. La producción de gas y petróleo no convencionales podría permitir a Estados Unidos alcanzar en 13 años su meta de independencia energética, como apunta Pedro Merino, director de Estudios y de Análisis del Entorno de Repsol. Ya en 2009 dejó de ser importador de gas y todo hace pensar que podría en breve convertirse en exportador.

La tendencia a la baja del precio del petróleo no es algo inmediato, ni siquiera seguro, pero puede darse. Ya ha sucedido con el gas, con precios ahora sustancialmente menores a los del pasado. Y ha sucedido también, aunque temporalmente, con el petróleo, con graves consecuencias para la estabilidad económica de los productores, en particular de los más dependientes.

Para una economía y una política internacional como la venezolana, sustentada en el precio petrolero, no hay duda de que se trata de una nueva grave complicación. Hay quienes no quieren ver las consecuencias políticas de lo económico, pero están allí, y cada vez con más dramatismo. En un país con un altísimo endeudamiento público, con un parque industrial paralizado, dependiente de la importación, abrumado por la devaluación, el tema económico no puede ser soslayado. También en este punto se impone decir la verdad. No se puede seguir con la prédica engañosa del país rico, con el petróleo siempre a mano, dueño de una renta inagotable. Pensar así sólo aumenta nuestra vulnerabilidad. La única respuesta honesta pasa por la promoción de políticas económicas serias, capaces de impulsar una economía estable y vigorosa, productiva, diversificada, autosuficiente.

miércoles, 3 de abril de 2013

El "nosotros" por construir

Gustavo Roseen asegura que "la percepción de que vienen tiempos complicados para la economía comienza a imponerse". Publicado en El Nacional, el 1ero de abril.


Abril arranca para Venezuela con aires de tormenta. Estamos viviendo una contienda electoral marcada por la extrema pugnacidad. La radicalización expresa el antagonismo de las posiciones y acelera el resquebrajamiento de los puentes que podían eventualmente facilitar algún acercamiento. Crece en el ánimo una sensación de incertidumbre e incluso de temor frente a los días por venir. Se levanta, simultáneamente, un nuevo clamor generalizado, una exigencia de "verdad" que resuena por encima incluso de las apelaciones a la unidad. La realidad comienza a mostrar su verdadero rostro y la gente no acepta que se lo oculten. Crece en el ciudadano la sensación de haber sido manipulado, de haber sido excluido de una parte de la información. La percepción de que vienen tiempos complicados para la economía comienza a imponerse. El cuadro no puede ser más preocupante: devaluación, deuda creciente, desplome del aparato productivo, escasez de divisas, desabastecimiento. Y en el plano político y social: recrudecimiento de la pugnacidad, radicalización, negación del otro, incapacidad de diálogo, desprestigio de las instituciones, pérdida de su capacidad de acción, ingobernabilidad.

Frente a la crudeza del momento que vivimos tiene sentido traer nuevamente las palabras del filósofo español Julián Marías al que citábamos ya en un artículo del año 2002. El drama de una guerra civil, dice Marías refiriéndose a la Guerra Civil Española, debe encontrarse en la degradación de la sociedad, en la capacidad destructora del odio, la incomprensión y el fanatismo. La guerra, explica, comienza por un estado de radical discordia que "no es la discrepancia, ni el enfrentamiento, ni siquiera la lucha, sino la voluntad de no convivir, la consideración del `otro’ como inaceptable, intolerable, insoportable". Al describir la España de los años treinta, Marías observa que "se fueron formando grupos que ingresaban en la categoría de los mutuamente irreconciliables. No querían una guerra civil, pero querían lo que resultó ser una guerra civil: dividir al país en dos bandos, identificar al `otro’ con el mal, no tenerlo en cuenta, ni siquiera como peligro real, como adversario eficaz, eliminarlo, quitarlo de en medio (políticamente, físicamente si era necesario)".

Julián Marías reconoce en la España de entonces la existencia de voces capaces de cumplir la función de guía y conciencia.

Las había, dice, "pero encontraron demasiadas dificultades, se les opuso una espesa cortina de resistencia o difamación, funcionó el partidismo para oírlos como quien oye llover". Hoy, en Venezuela, son también muchas las voces que insisten en el llamado al reconocimiento del otro, a la construcción de un "nosotros" incluyente. ¿Tendrá algún eco su llamado? ¿Llega demasiado tarde? Si alguna tarea fundamental se impone en esta hora es la de fortalecer la urdimbre del "nosotros" para protegerse de las fuerzas disociadoras de la intolerancia o la exclusión. Debilitado por una prédica ingenua o interesada, el concepto de "nosotros" ha devenido en muletilla política inoperante.

Se impone un "nosotros" construido desde la verdad, desde el reconocimiento genuino y la afirmación del otro, desde la voluntad de inclusión, desde la justa valoración de nosotros mismos, desde el compromiso personal, desde la voluntad de hacer país. Para construirlo se imponen efectivos cambios de actitud y una visión nacional fundada en la inclusión.

No tendría sentido un "nosotros" construido desde el miedo, los intereses personales, la conveniencia circunstancial o la mentira. No un "nosotros" construido para la euforia de un día o sólo para los días de euforia. No un "nosotros" de ficción, ajeno, en el que no nos reconozcamos. No una postura intolerante levantada para enfrentar al "ellos".

Dice el padre Ugalde: "Con sólo medio país no es posible el éxito nacional contra el subdesarrollo; las soluciones de Venezuela pasan por convertirnos en aliados para la paz social y la creatividad". ¿Qué tendrá que pasarnos para que nos percatemos de la necesidad imperiosa de reconocer al otro y de sembrar la convivencia sobre la base de la verdad?

martes, 2 de abril de 2013

El guión

Ramón Piñango, profesor del IESA, considera que: "Para zafarse de las limitaciones que este momento de la historia del país les impone tanto a Maduro como a Capriles, existe una preciosa oportunidad: ofrecer la reconciliación de los venezolanos que haga posible la paz". Publlicado en El Nacional, el 26 de marzo de 2013. 


Con frecuencia nos engañamos atribuyéndole a la voluntad de las personas un poder excesivo para generar los acontecimientos sociales. Sin duda, la conducta individual pesa, pero en muchas ocasiones lo que hacemos es más el resultado de circunstancias que nos llevan a actuar de cierta manera y no tanto de lo que queremos o podemos hacer. Lo que está ocurriendo en la coyuntura política actual constituye un claro ejemplo de cómo las circunstancias imponen un guión a quienes aparecen como sus protagonistas.



Nicolás Maduro es lo que la historia le ha obligado ser: el candidato del chavismo designado por el dedo de Hugo Chávez. No puede ser otra cosa. Está condenado a ser eso, porque toda su fuerza proviene de quien lo designó. Tan es así que es inevitable preguntarse si fue escogido como el sucesor en la presidencia, precisamente por eso, porque no puede alzarse con el poder.

Maduro está condenado a abrazar a Chávez, a utilizar la figura del difunto presidente, como referencia venerada por muchos, para pedir el voto de la gente. No nos extraña escucharlo mencionar, una y otra vez, el nombre de quien nos gobernó por catorce años.

Pero de donde proviene la fortaleza de Maduro también proviene su debilidad: mientras se aproxime a Hugo Chávez más se notarán las diferencias entre ambos personajes. El contraste se hará obvio, tan obvio que llegará el momento en que muchos se preguntarán por cuál razón el vicepresidente fue señalado como el sucesor.

Henrique Capriles hizo una larga campaña para la presidencia. Fue derrotado pero obtuvo 45% de los votos. Gracias a la campaña ganó algo invalorable como capital político: buena parte de la población sabe quién es él. La oposición no tenía otra opción sino designarlo como candidato porque no había tiempo para dar a conocer otro. Capriles estaba condenado a ser candidato y aceptó su destino.

La condena de Capriles implica, entre otras cosas, que es candidato frente a Maduro, en una campaña electoral de unos escasos días, con los dados cargados en su contra. No puede hacer otra cosa sino insistir hasta el final, y con toda su fuerza, en que Maduro no es Chávez, ni se le asemeja. Tiene que afirmar que el ungido carece de las virtudes de quien lo ungió. Y, lo que agrava las cosas, el candidato opositor no puede señalar los evidentes defectos de Chávez.

Las circunstancias son las circunstancias. Pesan, influyen. Muchas veces parecen ahogar, pero no es raro que contengan intersticios que ofrecen oportunidades que pocos ven. ¿Qué oportunidades difíciles de ver puede tener Maduro? ¿Cuáles Capriles? Complejas preguntas, pero vale la pena explorar una respuesta.

Para zafarse de las limitaciones que este momento de la historia del país les impone tanto a Maduro como a Capriles, existe una preciosa oportunidad: ofrecer la reconciliación de los venezolanos que haga posible la paz. Los datos indican que la paz es un anhelo compartido por gran parte de los venezolanos. ¿Quién podrá ser el campeón de tal anhelo? Difícil decirlo. Maduro tendría que ofrecer algo que Chávez no ofreció, para abrir una nueva etapa en la revolución bolivariana. Esto puede ser mucho pedir porque el presidente encargado no parece tener la fuerza política para asumir esta tarea. Capriles podría hacerlo, si logra vincular la oferta de paz con la de justicia social y capacidad para afrontar los problemas del país. Pero hacer esto en pocos días es tremendamente difícil.

El reto es increíble. Quien logre mover a la población con la bandera de la paz obtendrá el apoyo para gobernar. Pero que sepa quien gane las elecciones del 14 de abril que, si no se cuenta con la bandera de la paz, no podrá gobernar un país sumergido en una crisis masiva. Esto es parte fundamental de la trama en que nos enredó la historia.

viernes, 22 de marzo de 2013

Atraer o expulsar

Gustavo Roosen, presidente del Consejo Directivo del IESA, se plantea la siguiente reflexión: ¿Qué pensar de un país como Venezuela cuyos profesores universitarios tienen un nivel de salario entre los más bajos del continente. Publicado en El Nacional, el 18 de marzo de 2013.

Los analistas suelen medir la vitalidad de una economía por su capacidad para atraer inversiones. En contraste, no auguran nada bueno a los países que las alejan, y menos aún a aquellos que desestimulan las de sus propios ciudadanos y, de algún modo, las expulsan. Igual sucede con el talento: mientras unos se empeñan en retener el propio y atraer el ajeno, otros lo desestiman, lo pierden o lo expulsan.

“Nuestro país es más fuerte cuando podemos aprovechar el talento y el ingenio de los inmigrantes”, ha dicho recientemente el presidente Obama. Atendiendo este criterio, demócratas y republicanos trabajan para incluir en la reforma migratoria mayores facilidades para retener a los miles de extranjeros que estudian en las universidades norteamericanas, las más buscadas por estudiantes extranjeros según datos de la Unesco, más de 720.000 para el año 2011.

Con las reformas propuestas se amplía el alcance de la iniciativa dirigida a agilizar el proceso de visas para estudiantes extranjeros como parte de sus esfuerzos por atraer a los “mejores y más brillantes” alumnos provenientes del exterior. Si hasta ahora la política americana alentaba el regreso de los estudiantes extranjeros a su país de origen, bajo la premisa de que era sembrar amigos en un país amigo, la nueva ley propone flexibilizar las normas para estimularles a incorporarse en una sociedad que alienta el talento y apuesta por la innovación. Es parte de su visión estratégica de crecimiento.

Estados Unidos no es el único en aplicar este criterio. Lo hacen también a su manera países tan disímiles como China y Alemania. China emitirá más “tarjetas verdes” y aliviará las restricciones a la entrada de extranjeros con el fin de atraer más individuos talentosos de otras nacionalidades para que trabajen en el país. En Alemania, en abril del año pasado entró en vigencia la ley que facilitará el reconocimiento de títulos profesionales extranjeros y que, según el Instituto de Economía Alemana, permitirá que cerca de 400.000 inmigrantes presenten en los próximos años sus credenciales para que sean evaluadas por las instituciones pertinentes.

En contraste, ¿qué pensar de un país como Venezuela cuyos profesores universitarios tienen un nivel de salario entre los más bajos del continente? Cierto que en este análisis los salarios no son el único punto a considerar, pero pesan mucho en los resultados: desestímulo por la carrera docente universitaria, abandono de la investigación, ausencia de candidatos para cubrir las cátedras –especialmente profesores a tiempo completo–, deserción hacia otras profesiones, pluriempleo, falta de dedicación, escasa producción de conocimiento, supresión de maestrías y posgrados, abandono del país, todo lo cual configura un doloroso y preocuparte cuadro de talento perdido. Con un panorama así no se puede sino estar de acuerdo con Philip Altbach y sus colaboradores del Centro Internacional de Educación Superior de Boston College cuando concluyen que “poco gana la educación superior como base de la innovación y la competitividad de los países si los profesores universitarios están mal pagados”.

La conciencia de la necesidad de promover el talento para afirmarse en los campos de la innovación y competir en la moderna economía del conocimiento contrasta con el desdén por el saber, la investigación, la formación profesional de calidad. Mientras unos países buscan reinventarse, captar el talento, orientarlo a la innovación y al desarrollo, otros apuestan por el desaliento y la descalificación. Cuando se menosprecia el talento y la preparación profesional y se los convierte en objeto de insulto se termina provocando su exclusión y, en definitiva, su expulsión. Lo que queda para las personas y para el país es frustración, sensación de castigo a un modo de ser que estima el talento y premia el esfuerzo. Los resultados de una y otra postura están a la vista, pero sobre todo se harán sentir de manera dramática en el futuro. Será la diferencia entre construir y destruir.

viernes, 8 de marzo de 2013

Responsabilidad social del trabajador

 "La responsabilidad social ha sido tradicionalmente vinculada como concepto a la empresa", afirma Gustavo Roosen, publicado en El Nacional el 4 de marzo de 2013

Uno de los mayores daños que se puede hacer a una sociedad –y de los más difíciles de revertir– es conducirla al olvido de sus responsabilidades. Es lo que viene sucediendo en Venezuela en el ámbito laboral. En nombre de la justicia social se ha logrado imponer en los últimos años un modelo inequitativo que pone todo el peso de los deberes y obligaciones en los empleadores y libera de responsabilidades a los trabajadores. La invocación de la justicia social ha servido de instrumento para el desconocimiento del derecho, la justificación del abuso y la apertura a la anarquía. El manejo interesado de una falaz contradicción entre derecho y justicia social ha conducido a una pérdida del orden jurídico representado por los tres valores fundamentales del Estado moderno: la paz social, el Estado de Derecho y la seguridad jurídica.

Un repaso de declaraciones políticas, pronunciamientos legales, actos legislativos y de gobierno de estos años mostraría la creciente radicalización de una postura según la cual la justicia social está por encima del derecho y tiene prelación sobre cualquier otro valor social. Así se consigna, por ejemplo, en los “Lineamientos de la justicia social”, documento del Frente Internacional Francisco de Miranda, donde se establece que “La igualdad ante la ley es relativa” o que “El rol del juez es ‘democratizar’ el orden jurídico aun cuando tenga que desconocer la ley y aplicar la arbitrariedad”. Así también en el Plan Nacional Simón Bolívar cuando se define el Estado de justicia y se establece que “en la democracia protagónica revolucionaria la justicia está por encima del derecho”. Así, igualmente, en decisiones del TSJ en las que apelando a la justicia social se establece que “el interés superior que debe tutelar el juez es el del trabajador” o que “las leyes se aplican retroactivamente, cuando éstas favorezcan a los trabajadores”.

Luego de numerosas leyes, reglamentos y disposiciones en materia laboral inspiradas en estos principios, su aplicación en nada ha contribuido al crecimiento del empleo o a una mayor paz laboral, y menos a la productividad. Han terminado privilegiando a unos a costa de la conculcación de un derecho de todos. Los conflictos se han multiplicado mientras ha decrecido la capacidad o la voluntad de las inspectorías del Trabajo para resolverlos. Se ha incrementado el ausentismo laboral y una actitud desafiante, prevalida de impunidad y amparada en la protección de las autoridades. Se ha fomentado la cultura de la permisividad y del menor esfuerzo. El Estado mismo se ha convertido en víctima de la improductividad, de paralizaciones laborales y de una conducta agresiva hacia el medio de producción, actitudes todas que violentan la obligación de producir, de generar bienes y servicios, en cumplimiento de la responsabilidad frente a la sociedad.

La responsabilidad social ha sido tradicionalmente vinculada como concepto a la empresa. La definición, sin embargo, ha puesto el acento en la institución y menos en los individuos. Es hora de recuperar su sentido y pensar también en la responsabilidad social de los trabajadores, es decir, en su compromiso de producir bienes y servicios para la comunidad, con la mejor calidad y a precios asequibles. La productividad es parte de la responsabilidad de los trabajadores para con la sociedad. El trabajador, no sólo el empresario, tiene obligaciones con el ciudadano, con el consumidor, con el cliente, con el conjunto de la economía. El reconocimiento social debería pasar por el cumplimiento de esta responsabilidad. Empresario y trabajador están llamados a entender la justicia social como una relación de trato justo, de suma de derechos y obligaciones, no como simple herramienta para el reclamo de privilegios.

Promover la responsabilidad social de los trabajadores debería ser una tarea del Estado. También del empresario, al que le corresponde procurar la identificación de los trabajadores con la misión y visión de la empresa y con su compromiso frente a la comunidad y frente al país. Es una manera de recordar al trabajador su responsabilidad social.