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lunes, 11 de febrero de 2013

¿Quién manda más? ¿Merkel o Murdoch?

Moisés Naím se pregunta: "¿Quién manda más? ¿Merkel o Murdoch?", las respectivas fuentes de poder de estos dos personajes son diferentes, así como la manera en que utilizan la influencia que tienen, o los objetivos e intereses que guían sus conductas. Publicado en El Nacional, el 5 de febrero de 2013.


La canciller alemana, Angela Merkel, es sin duda una de las personas más poderosas del mundo. Rupert Murdoch es el dueño de News Corporation, uno de los más grandes conglomerados mediáticos y, naturalmente, también es muy poderoso. Las respectivas fuentes de poder de estos dos personajes son diferentes, así como la manera en que utilizan la influencia que tienen, o los objetivos e intereses que guían sus conductas.

Merkel es la líder de un gran país y Murdoch el dueño de una gran empresa privada. Más aún, el empresario insiste en que él no utiliza el poder de sus medios de comunicación para presionar a gobiernos o influir sobre la política. Sus críticos rechazan estas afirmaciones y advierten que hay sobradas evidencias de que Murdoch y sus medios de comunicación son actores políticos de primer orden.

En Estados Unidos, sus detractores acusan a la cadena de televisión Fox de estar manifiestamente parcializada a favor del Partido Republicano y, más recientemente, del Tea Party. En Reino Unido, Murdoch tuvo que presentarse hace unos meses ante una comisión del Parlamento británico que investigaba las prácticas periodísticas de los tabloides. “Yo nunca le he pedido nada a ningún primer ministro”, afirmó. Sin embargo, ante esa misma comisión el ex primer ministro John Major reveló que, en una cena en 1997, Rupert Murdoch le pidió que cambiara la política de acercamiento hacia Europa que seguía su gobierno.

De no hacerlo, Murdoch le advirtió, le retiraría el apoyo de sus periódicos. “Esa es una conversación difícil de olvidar”, dijo Major. “No es frecuente que alguien sentado frente al primer ministro le diga: ‘Si no cambia su política, mi organización no lo apoyará”, añadió.

Ed Miliband, el líder del Partido Laborista británico, también declaró en esa comisión parlamentaria que, en su opinión, el conglomerado de Murdoch “tenía un sentido de poder sin responsabilidad debido a que controla 37% del mercado de periódicos en Reino Unido, así como el canal de televisión BSkyB”.

¿Qué tiene que ver todo esto con Angela Merkel? Mucho. Y con el futuro de Europa mucho más.

Como se sabe, el primer ministro británico, David Cameron, acaba de anunciar que planea someter a referéndum la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea. Esta consulta popular se llevaría a cabo antes del fin de 2017. Antes de hacerla, Cameron tratará de obtener tanto concesiones específicas para Reino Unido como amplias reformas en la manera en que opera el acuerdo entre los 27 países miembros. En particular, Cameron ha indicado que desea recuperar el poder de tomar en su país decisiones que ahora se toman en Bruselas por los órganos de la Unión Europea. De la agricultura y la pesca a la política social, de las regulaciones del sector financiero y del medio ambiente a las políticas de inmigración o defensa, Cameron pretende iniciar una amplia y ambiciosa negociación con Europa.

Las interpretaciones sobre cuáles son los objetivos de Cameron y las consecuencias de su audaz iniciativa son muchas y variadas. Para algunos es una transparente treta para separarse de una Europa debilitada por la crisis y menguada en su peso en el mundo. Para otros, es un intento de extorsionar a Europa para obtener ventajas.

Y para otros, como el ex vicecanciller alemán Joschka Fischer, es simplemente una locura que no le conviene ni a Reino Unido ni a Europa y que sólo responde a intereses particulares y a los miopes cálculos políticos de Cameron. Y también hay quien piensa que para los británicos el costo de salir de la UE es prohibitivamente alto y que, al final, no votarán mayoritariamente a favor de la salida.

Esto último, por supuesto, supone que la opinión publica británica será informada de una manera imparcial y completa sobre los costos y beneficios de continuar o no formando parte de la Unión Europea. Hasta ahora esto no ha sido así, y los tabloides británicos (no sólo los de Murdoch) que más moldean la opinión pública han mostrado una furibunda, y con frecuencia tendenciosa, oposición a la integración con Europa.

Del otro lado de todo esto está Angela Merkel, quien seguramente va a hacer cuanto esté a su alcance para no pasar a la historia como la líder bajo cuyo mandato fracasó el proyecto de unificar Europa. A pesar de que el continente puede continuar su integración sin la participación de Reino Unido, no hay dudas de que el retiro de los británicos sería un severo golpe.

Además, si el referéndum de 2017 lleva a ese desenlace, los movimientos antiintegracionistas de otros países europeos ganarían fuerza y hasta se podría producir un contagio de referendos con ánimo separatista en todo el continente. Por esto y por otras muy buenas razones, Merkel hará lo posible por impedir la salida de Reino Unido.

Veremos quién tiene más poder, la canciller o el magnate.

jueves, 31 de enero de 2013

Vacío de liderazgo

 “Cuando coinciden el vacío de liderazgo y el vacío de poder, cualquier grupo o persona puede emerger para llenarlo a como dé lugar”, comenta Ramón Piñango, profesor del IESA. Artículo de opinión, publicado en El Nacional, el 29 de enero de 2013




Por enésima vez en los últimos años, cunde en muchos la sensación de que, a pesar de que acontecen muchas cosas, no pasa nada. El “no pasa nada” se refiere a que, aun cuando ocurren eventos alarmantes en la vida del país, la sociedad venezolana permanece más o menos impávida, sin reaccionar como colectivo al menos para expresar con fuerza su angustia e impotencia.


Quienes se preocupan por el “no pasa nada” son personas descontentas con el actual estado de cosas, que forman, en su casi totalidad, parte de la oposición al régimen; constituyen la mitad de la población. Poco sabemos del grado de insatisfacción de la otra mitad, aunque debe estar en aumento, dado el comportamiento del electorado en los últimos años.

Lo que inicialmente despierta la preocupación de quienes desean y esperan que pase algo es la gravedad de lo que observan; por ejemplo, el bárbaro incremento de las muertes por homicidio, la implacable inflación, la obvia injerencia cubana en Venezuela y la flagrante violación de la Constitución. A esa preocupación inicial se agrega el hecho de que el revuelo que generan hechos preocupantes no dura más de pocos días en los medios de comunicación, se disuelven en la conversación cotidiana o se esfuman del discurso de los analistas y líderes políticos. Muy pocas veces generan acciones concretas para corregir lo indeseable, a no ser un reclamo ante un tribunal, reclamo que sabemos en qué parará.

A todas estas, la gente sigue exigiendo que se haga algo o esperando que pase algo. Como las cosas van empeorando –más homicidios, más inflación, más cubanización y más descaro anticonstitucional– y no pasa nada, la gente descontenta vuelve la cara hacia los líderes, y se encuentra con que estos no hablan, lo hacen tarde o sin la contundencia esperada. Así ha ido surgiendo la decepción con el liderazgo. Y las cosas siguen agravándose. Y esa decepción sigue aumentando. Para empeorar las cosas, el liderazgo opositor no puede mostrar un logro significativo para detener el avance destructivo del régimen. No es exageración afirmar que, hasta ahora, lo que el chavismo ha querido hacer lo ha hecho o ha avanzado significativamente para lograrlo.

En esta situación plagada de provocaciones y frustraciones, de reclamos y exigencias, surgen respuestas e iniciativas diversas. De parte del liderazgo opositor dominante: solicitud de calma, serenidad y confianza en el liderazgo, sin caer en trapos rojos o provocaciones, esperando pacientemente las próximas elecciones. De parte de los contestatarios de la oposición: exigencia de un reclamo recio mediante duras acciones en la lucha contra una dictadura. Los que defienden una u otra posición se atacan con creciente aspereza tratando de ganarse el favor de los opositores. ¿Quién lo logrará? Probablemente ninguno de los dos bandos. Lo que puede ocurrir es una mayor confusión y una mayor desconfianza. Es innegable la desconexión de la dirigencia opositora con las angustias de la gente, incurriendo en la impaciencia con quienes disienten de la manera de actuar aterciopelada a pesar de la gravedad de los acontecimientos. Pero también es innegable que quienes emergen como alternativa carecen de propuestas de acción convincentes, y hasta ahora no han trascendido las palabras.

Lo que se está creando en la oposición es un vacío de liderazgo, es decir, desorientación, ausencia de criterios útiles para entender dónde estamos parados y qué podemos hacer para avanzar. Ese vacío de liderazgo opositor es grave porque se suma a un vacío en el chavismo que se manifiesta en el vacío de poder que todos sufrimos. Cuando coinciden el vacío de liderazgo y el vacío de poder, cualquier grupo o persona puede emerger para llenarlo a como dé lugar. Mal andamos.

@rapinango

Si te interesa el tema del liderazgo, te invitamos a ver este video:
La prueba del ácido del liderazgo >>

martes, 13 de noviembre de 2012

El poder se está fugando

(Moisés Naím afirma que hay una fuga de poder del Gobierno nacional hacia los gobiernos provinciales y locales. El presidencialismo está dando paso al liderazgo local. Publicado en El Nacional, el 6 de noviembre de 2012)

Sandy, el huracán, ha dejado varias lecciones. 1) Las respuestas eficaces a las catástrofes requieren de mucho Estado, no de mucho mercado. El actor fundamental cuando ocurren desastres naturales es el Gobierno, no la empresa privada. 2) Los enfrentamientos políticos dejan de interesar. La gente exige rescate y ayudas concretas, no discursos y debates ideológicos. 3) Los protagonistas más importantes son los gobernadores y alcaldes de las localidades más afectadas, no el presidente. Si bien Barack Obama desempeñó un eficaz –y muy aplaudido– papel, fueron el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, y el gobernador de la devastada Nueva Jersey, Chris Christie, los dirigentes que respondieron más directamente a las necesidades de las víctimas de Sandy.

Pero esta es sólo una manifestación más de una tendencia mundial que trasciende las catástrofes. Hay una fuga de poder del Gobierno nacional hacia los gobiernos provinciales y locales. El presidencialismo está dando paso al liderazgo local. La descentralización de la autoridad, los presupuestos y las decisiones que afectan más directamente a la gente configura una pauta observable de China a Colombia, de India a Italia, de Indonesia a España. En todas partes, los jefes de regiones o provincias, los gobernadores y los alcaldes gozan de una creciente autonomía, y esto les permite llevar la voz cantante en temas cada vez más diversos.

Luis Alberto Moreno, el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, me relató una experiencia muy ilustrativa de esta tendencia. En el mes de junio pasado, Moreno participó, representando a su institución, en la tercera cumbre internacional sobre medio ambiente. Esta reunión, a la que asistieron representantes de 192 países, incluidos 88 jefes de Estado, se llamó Río+20 en referencia al hecho de que hace 20 años se celebró en Río de Janeiro la primera conferencia mundial que puso en la palestra la urgente necesidad de detener la degradación del medio ambiente. Como ya es habitual en estas reuniones multilaterales, los acuerdos alcanzados en Río+20 reflejaron cierto progreso, pero también produjeron mucha frustración. Nadie quedó contento, pues para poner de acuerdo a tantos países es necesario licuar los acuerdos hasta hacerlos tragables para todos: países ricos, de medianos ingresos y los más pobres; los exportadores de hidrocarburos y los importadores; los industrializados y los agrícolas; aquellos con economías estancadas y los que gozan de un boom económico; aquellos cuyos siglos de industrialización ya han contaminado el planeta y los que comienzan a industrializarse y a contaminar. Aprobar acuerdos que recogen el mínimo común denominador es, por lo tanto, la norma en estas cumbres internacionales. Y estos acuerdos son muy insuficientes, dada la necesidad de intervenir sobre lo que ya es obviamente una emergencia planetaria.

¿Pero qué tienen que ver la descentralización y la fuga de poder con todo esto? La respuesta es: C40. Unos días antes de la gran cumbre de jefes de Estado en Río de Janeiro, se reunió en Sao Paulo un grupo llamado C40. Lo integran los alcaldes de 40 grandes ciudades que están decididos a actuar con eficacia, inmediatez y en concierto para reducir las emisiones de carbono. El comité directivo del C40, que ahora preside el alcalde Bloomberg, de Nueva York, lo forman sus colegas de Berlín, Hong Kong, Yakarta, Johannesburgo, Los Ángeles, Londres, Sao Paulo, Seúl y Tokio. Las grandes ciudades tienen un peso determinante en la contaminación que nutre el cambio climático y, por lo tanto, un papel crucial en mitigar sus consecuencias. Por primera vez en la historia, más de la mitad de población del planeta vive en ciudades, y estas consumen 75% de la energía del mundo y producen 80% de los gases de efecto invernadero que contribuyen al calentamiento global. “Me impresiona el contraste entre la manera de actuar de los alcaldes del C40, basada en iniciativas prácticas, metas concretas y ambiciosas, y las intenciones más vagas que se pueden acordar en las cumbres de jefes de Estado”, me dijo Moreno, quien sigue muy de cerca las actividades del C40.

Este ascenso de los líderes regionales y locales no sólo se observa en cuestiones medioambientales, sino que ya aparece en muchos otros ámbitos. Y si bien hay mucho qué celebrar en esta tendencia, también hay mucho qué temer cuando se desborda en ambiciones separatistas impulsadas más por el oportunismo que por la preocupación por solucionar los problemas concretos de la gente. Pero esa es otra columna.

@moisesnaim

martes, 14 de agosto de 2012

El fin del poder

(Moisés Naím comenta que el calentamiento global, la crisis de la Eurozona y las masacres en Siria son una manifestación de una tendencia que va más allá de ellas: el fin del poder, que  significa que el poder se ha hecho cada vez más difícil de ejercer y más fácil de perder. Publicado en El Nacional, el 31 de julio de 2012)

¿Qué tienen en común el calentamiento global, la crisis de la Eurozona y las masacres en Siria? Que nadie tiene el poder de detenerlas. Cada una de estas situaciones ha venido deteriorándose ante los ojos del mundo. Las tres implican graves peligros y el sufrimiento de millones de personas. Sobre las tres hay ideas acerca de lo que se debería hacer. Y no pasa nada. Hay reuniones de ministros, cumbres de jefes de Estado, exhortaciones de personajes eminentes, líderes sociales, políticos y académicos. Nada. Los medios nos dan angustiosas dosis de noticias que confirman que cada una de estas crisis sigue su rauda carrera al despeñadero. ¿Y…? Nada. No pasa nada.

Es como ver una película a cámara lenta, en la que un autobús lleno de pasajeros corre hacia el precipicio y su conductor no frena ni cambia de dirección. El problema es que somos los protagonistas de esa película; en ese autobús viajamos todos. En el mundo de hoy todos somos vecinos y lo que pasa en otra casa —por más remota que parezca— nos termina afectando.

Pero mi metáfora es defectuosa. Supone que hay un conductor, y que los frenos y el volante del autobús funcionan. Sobre todo, supone que hay un conductor con el poder de frenar o de cambiar de rumbo. Basta con que lo quiera hacer.

Pues resulta que no es así. Para estas tres crisis —y muchas otras que nos amenazan— no hay un solo conductor, sino muchos. Y su número está creciendo. Cada vez hay más conductores, o aspirantes a conductores, que si bien no tienen el poder de decidir en qué dirección y a qué velocidad debe marchar el autobús, sí tienen el poder de impedir que se tomen decisiones con las que no están de acuerdo.

Rusia y China no pueden solucionar la crisis en Siria. Pero sí pueden vetar los intentos de otros países o de Naciones Unidas para detener las matanzas. Los líderes de las naciones europeas sumidas en una grave crisis económica no pueden enfrentarla con éxito sin la ayuda de otros países y entidades como el Banco Central Europeo o el Fondo Monetario Internacional.

Pero si bien ni Angela Merkel ni los organismos financieros internacionales tienen el poder de solventar la crisis económica de Italia, España o Grecia, sí pueden bloquear el juego. El problema del autobús europeo es que hay demasiados conductores y ninguno tiene suficiente poder para imponer el rumbo.

Lo mismo sucede con el calentamiento global. La abrumadora evidencia científica confirma que la actividad humana está calentando el planeta, lo cual a su vez produce variaciones extremas de frío y calor, de lluvias y sequías y otros cambios traumáticos en el clima. Si no disminuyen las emisiones de ciertos gases, las consecuencias para la humanidad serán desastrosas. Y si bien para algunos es fácil ignorar la tragedia siria por muy remota o la europea por ajena, es imposible ignorar los efectos del cambio climático sobre todos nosotros y las generaciones que nos seguirán.

Estas tres crisis son una manifestación de una tendencia que va más allá de ellas y moldea muchos otros ámbitos: el fin del poder. Esto no significa que el poder vaya a desaparecer o que ya no haya actores con inmensa capacidad para imponer su voluntad a otros. Significa que el poder se ha hecho cada vez más difícil de ejercer y más fácil de perder. Y que quienes tienen poder hoy están más constreñidos en su uso que sus predecesores.

El actual presidente de Estados Unidos (o de China) tiene menos poder que quienes le precedieron en ese cargo. Lo mismo vale para el Papa, el jefe del Pentágono o los responsables del Banco Mundial, Goldman Sachs, The New York Times o cualquier partido político.

Vladímir Putin tiene hoy más restricciones como presidente de Rusia de las que tenía en su primer mandato o incluso como primer ministro, durante el turno que le dio a Dmitri Medvédev para que le cuidara la silla. Lo mismo sucede con Mahmud Ahmadineyad o Hugo Chávez: hoy su poder —que es aún enorme— es más precario que antes.

El fin del poder es, en mi opinión, una de las principales tendencias que definirá nuestro tiempo. Sé que es una tesis controvertida y es el tema de un libro que he estado escribiendo y que debo terminar pronto. Por eso, esta será mi última columna por un tiempo. Gracias por leerme.

@moisesnaim