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martes, 5 de febrero de 2013

Civilización del siglo XXI

Ricardo Villasmil, profesor del IESA, considera esencial entender las lecciones que nos deja la historia de las civilizaciones. Publicado en El Universal, el 26 de enero de 2013 
 
 
La noción de civilización es enormemente controversial. En su nombre se han cometido -y se siguen cometiendo- grandes atrocidades en todo el mundo. Todos los grandes imperios, desde del antiguo Egipto y Mesopotamia hasta el británico, pasando por Macedonia, el Imperio Inca, el Romano, el Persa, los chinos y muchísimos más, justificaron sus acciones afirmando que su versión de civilización beneficiaba a pueblos bárbaros o a civilizaciones entendidas por ellos como más primitivas. Y aunque muchos trajeron grandes avances para los pueblos ocupados y para la humanidad en general, trajeron también esclavitud, muerte, pillaje y genocidio cultural.

No quiero ni pretendo realizar un balance de la civilización. Es una tarea imposible y en buena medida inútil, ya que no podemos modificar el pasado. El futuro sí, y por ello considero esencial entender las lecciones que nos deja la historia de las civilizaciones. En uno de los esfuerzos de sistematización más reciente -Civilización: Occidente y el resto-, Niall Ferguson resume en seis los determinantes de la superioridad de la civilización occidental: 1) la competencia y la descentralización de la vida política y económica; 2) la promoción del estudio libre de la ciencia y de sus aplicaciones; 3) el Estado de Derecho y la protección de la vida y de la propiedad; 4) los avances en el estudio de la medicina; 5) la sociedad de consumo como parte fundamental de una sociedad de producción; y 6), la ética de trabajo.

Si estas son las lecciones, los venezolanos estamos aplazados: 1) cercenamos la competencia y centralizamos la vida política y económica; 2) desechamos la ciencia occidental en favor del conocimiento endógeno; 3) el propio Estado viola sistemáticamente el Estado de Derecho y se confiesa incapaz de defender la vida y la propiedad de los ciudadanos; 4) promovemos la fuga de talentos, particularmente en el área de la medicina; 5) estimulamos una sociedad de consumo pero incrementando la dependencia externa al destruir la producción nacional; y 6), socavamos la ética de trabajo al provocar la anarquía y la conflictividad laboral.

Sociedades pasadas con mejores boletas perecieron o fueron conquistadas. Me niego a aceptar que ese sea nuestro destino.

@rvillasmilbond / www.ricardovillasmil.com


lunes, 21 de enero de 2013

Hora de dialogar

 (El profesor del IESA, Ricardo Villasmil, afirma que no se puede concebir un diálogo político sin estar dispuesto a reconocer la legitimidad de la contraparte. Publicado en El Universal, el 12 de enero de 2013)


El clima de polarización política actual hace difícil pensar en un diálogo constructivo entre las partes, uno que subordine los intereses de cada uno al cumplimiento de un objetivo superior, pero eso es precisamente lo que necesitamos edificar para poder enfrentar la amenaza que representa para la gobernabilidad la confluencia de cinco elementos en una suerte de tormenta perfecta:



1. El boom económico llegó a su fin: la popularidad y el apoyo a la gestión de Hugo Chávez han estado sustentados en niveles de consumo privado financiados por aumentos en los precios petroleros y en el endeudamiento público que son claramente insostenibles. Mas aún, la magnitud de los desequilibrios obligan a imponer un ajuste contractivo en el corto plazo con consecuencias significativas sobre los niveles de consumo privado.

2. Los venezolanos -particularmente en los sectores populares- mantienen un optimismo infundado en torno a su futuro inmediato y no anticipan una contracción económica.

3. Muchos problemas metidos bajo la alfombra amenazan con a salir a la luz: el incremento en los niveles de consumo y el liderazgo del presidente Chávez han compensado hasta ahora por el deterioro en otras áreas críticas para la calidad de vida de los venezolanos (seguridad, empleo, servicios públicos, etc.), y por violaciones en el cumplimiento de obligaciones del Estado como patrono.

4. El caos latente: El Estado no tiene el monopolio de la violencia como consecuencia de haberla cedido progresivamente a grupos irregulares (colectivos, bandas, malandros, pranes, guerrilla, milicia, etc.), y por la politización de los cuerpos policiales, de la Fuerza Armada y del Poder Judicial.

5. La fragmentación política: Hugo Chávez ha sido el factor aglutinante a lo interno del chavismo y de la oposición, producto en parte de su capacidad para contener las enormes diferencias internas existentes en cada uno. Los herederos del Chávez parecen tener capacidad para darle continuidad a esa forma de liderazgo y los acontecimientos por venir amenazan también con fragmentar la coalición opositora.

Naturalmente, no puede concebirse un diálogo político o de ningún otro tipo sin estar dispuesto en primer lugar a reconocer la legitimidad de la contraparte y luego a ceder. Al fin y al cabo, de eso se trata la política.

@rvillasmilbond; www.ricardovillasmil.com

martes, 27 de noviembre de 2012

Sensatez y sensibilidad

(El profesor del IESA, Ricardo Villasmil, afirma que las preferencias políticas responden mucho más a la emoción que a la razón. Publicado en El Universal, el 17 de noviembre de 2012)


"Conócete a ti mismo", decían los sabios griegos, "y conocerás a los Dioses". Hoy sabemos que la complejidad del ser humano obedece a su proceso evolutivo, y más concretamente, a la superposición reciente de una estructura movida por la razón -la corteza cerebral- sobre una estructura antiquísima movida por el instinto y la emoción. Nuestras motivaciones y nuestras decisiones son, por ende, una compleja e inseparable mezcla de razones y emociones.


Los movimientos intelectuales se han diferenciado entre sí en buena medida en función de la primacía que le dan a los componentes de esta mezcla. Estas divisiones han marcado tendencias y movimientos en la literatura, en la música y en las artes en general, así como en ciencias políticas y sociales. La tendencia hasta hace unos años fue la de ver al hombre como un ser perfectamente racional, pero la incapacidad de sus modelos para explicar la realidad, unida a importantes hallazgos en el campo de la psicología cognitiva, están conduciendo a desechar esta premisa.

En retrospectiva, parece absurdo que hayamos llegado a modelarnos como seres racionales. Como decía Alexander Hamilton, "somos seres razonables más que racionales, movidos fundamentalmente por el impulso de la pasión". Y como lo han sabido por décadas los expertos en mercadeo, muchas si no todas nuestras decisiones las tomamos manipulados, consciente e inconscientemente, por nuestras emociones.

Somos como somos y no seríamos ni más exitosos ni más felices gobernados exclusivamente por la razón o por la emoción. Una de las personas a mi juicio supo comprender mejor nuestra inevitable y afortunada dualidad, fue Jane Austen. En Sense and Sensibility, Elinor y Marianne sufren como arquetipos de la sensatez y de la sensibilidad, respectivamente, pero un día se abren emocionalmente, desarrollan la empatía necesaria para aprender de la otra e inician su camino hacia la felicidad.

La conducción de campañas políticas es una de las disciplinas en donde estos hallazgos tienen mayor aplicabilidad, ya que las preferencias políticas responden mucho más a la emoción -a la identificación que genera el líder, su discurso, sus ideales, principios, valores y prioridades- que a la razón. Porque como dicen las Escrituras, el pan es importante, pero no sólo de pan vive el hombre.

@rvillasmilbond; www.ricardovillasmil.com

martes, 23 de octubre de 2012

Civilización y barbarie

(El profesor del IESA, Ricardo Villasmil, afirma que el proceso electoral del 7-O puede verse en tres grandes etapas. La primera etapa, a la que busca entender mejor, comienza cuando el elector empieza a valorar las alternativas y culmina cuando define sus preferencias. Publicado en El Universal, el 20 de octubre de 2012)

El proceso electoral del 7-O puede verse en tres grandes etapas. La primera comienza cuando el elector empieza a valorar las alternativas y culmina cuando define sus preferencias. La segunda comprende el acto electoral, cuando el elector manifiesta o no sus preferencias. Y la tercera, el conteo de los votos. Muchos de los comentarios de los últimos días se han referido al efecto del ventajismo sobre las últimas dos etapas. En esta ocasión me gustaría limitar el análisis a la primera, es decir, a procurar un mejor entendimiento de las preferencias del elector.

Todas las encuestas que pude ver durante el proceso electoral reflejaban una valoración muy positiva para el candidato oficial. En casi todas las preguntas asociadas a la preferencia del elector -popularidad, imagen, evaluación de gestión- las respuestas lo ubicaban por encima del 50%. Para muchos esto resulta incomprensible en virtud de la enormidad de problemas que enfrentamos los venezolanos. Las justificaciones a esta aparente paradoja van desde aquellas que acuden a explicaciones utilitarias a las que enfatizan el vínculo emocional y cuasirreligioso del candidato oficial con los excluidos.

La propuesta del candidato oficial puede resumirse en la palabra: revolución. Y la de la alternativa democrática en la palabra evolución. Y ganó la revolución. Entender esto pasa por comprender que no es la primera vez que esto sucede en nuestro país ni en nuestro continente. En efecto, Domingo Sarmiento alude a una larga y persistente lucha entre Civilización y Barbarie, una lucha que hunde sus raíces en la enorme frustración por parte de las mayorías que sienten que la civilización no ha hecho nada por ellos, que nada han obtenido de la división de poderes, de la alternabilidad de la descentralización o de la independencia del Banco Central. Y claro, es absurdo esperar que una población defienda un sistema del cual siente que no obtiene ningún beneficio.

El siglo XIX fue un período largo y tortuoso en Venezuela y en la región por las mismas razones que este llamado "proceso" también lo está siendo. Porque en ambos se enfrentan la civilización y la barbarie, la evolución y la revolución. El éxito de Venezuela entre 1936 y mediados de los 70 fue posible porque los partidos lograron convencer a una mayoría incrédula de que le convenía apostarle a la civilización sobre la barbarie.

@rvillasmilbond; www.ricardovillasmil.com

lunes, 24 de septiembre de 2012

Gobernar en democracia

 (El profesor del IESA, Ricardo Villasmil, afirma que gobernar es el arte de decidir para qué y para quiénes se gobierna, y en función de ello priorizar, en qué se invierte, dónde, cómo y cuándo, de esa manera se gobierna y se avanza en democracia. Publicado en el diario El Universal, el 22 de septiembre de 2012)

Gobernar un hogar, una empresa o un país, es el arte de administrar recursos escasos. Es el arte de decidir para qué y para quiénes gobernamos, y en función de ello, en qué invertimos, dónde, cómo y cuándo.

Comencemos por el principio: ¿Para qué? La Revolución Francesa señaló la libertad, la igualdad y la fraternidad como objetivos. La norteamericana, la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Y la hispanoamericana, la mayor suma de felicidad posible. Después de dos siglos, estos objetivos siguen más vigentes que nunca.

Ahora bien, ¿para quiénes? Las nociones de justicia e igualdad nos invitan a privilegiar a los más necesitados, pero la disparidad existente entre necesidades y recursos nos obliga a la nada fácil de tarea de priorizar aun entre los más necesitados. Entre atender a los pobres crónicos (adultos y adultos mayores incapaces de sostenerse por sí mismos), por ejemplo, y prevenir que sus hijos caigan en las mismas trampas de pobreza que los condenaron a ellos a la exclusión. Obviamente vamos a invertir en ambos, pero, ¿cuál es nuestra prioridad? ¿A cuál población y a cuáles programas le damos más recursos? ¿A la educación, a la salud, a la seguridad, a la infraestructura, a la industria petrolera, a los programas sociales o a la lucha contra la inflación y el costo de la vida?

Establecer prioridades es difícil pero necesario. Carecer de prioridades claras nos ha llevado a tratar de hacerlo todo y al mismo tiempo, y ello a su vez a no hacer nada bien, a tener escuelas, carreteras y hospitales que se caen a pedazos, a dejar obras por la mitad y a atrasarnos con el pago de maestros, policías y médicos. Asimismo, nos ha llevado a gastar más de lo que tenemos, a pagar tasas de usura sobre una deuda creciente, a tener la inflación más elevada del continente, una enorme inestabilidad económica, política y social, bajos niveles de inversión y muy pocas oportunidades de empleo.

¿Cómo priorizamos entonces? En primer lugar, a través de un debate sereno, informado, abierto y democrático que nos lleve a una visión compartida de nuestras aspiraciones, de nuestra realidad, de las restricciones que enfrentamos y de las ventajas y desventajas de las diferentes opciones de política. Y a partir de allí, decidimos dónde, cómo y cuándo. Al fin y al cabo, así es que se gobierna y se avanza en democracia.

@rvillasmilbond; www.ricardovillasmil.com

jueves, 30 de agosto de 2012

La falacia de los números

(El profesor del IESA, Ricardo Villasmil, explica por qué el número de viviendas construidas  no debe ser el indicador que mida la eficiencia de la política habitacional. La solución debe apuntar a garantizar su asequibilidad, fomentar la inversión privada y planificar las ciudades. Publicado en el diario El Universal, el 25 de agosto de 2012)

En repetidas ocasiones hemos insistido en la necesidad de salirnos del paradigma cuantitativo de la vivienda, ese según el cual el éxito de la gestión se mide en función del número de unidades construidas por año. Este indicador ha dominado y condenado al fracaso la política de vivienda, llevándola a no construir viviendas sino unidades habitacionales, entendidas éstas como cuatro paredes y un techo construidas "en cualquier lugar de ninguna parte" y sin acceso a servicios, empleos, equipamiento, transporte y al progreso en general.

El primer paso del camino es, por ende, sustituir esta visión errada por una que entienda la vivienda como lo que efectivamente es: como el eje de la inserción de la familia en el progreso. En otras palabras, sustituir la construcción de unidades por la construcción de comunidades y medir nuestra gestión en consecuencia.

Esta semana el gobierno anunció la posibilidad de adquirir viviendas sin cuota inicial, siempre y cuando su precio sea inferior a 500 mil bolívares, obviando el hecho de que la cuota inicial no es el principal cuello de botella al acceso a la vivienda. La verdadera limitante a la vivienda es la asequibilidad, dada la desproporción existente entre su precio y el ingreso del hogar.

En efecto, según un estudio reciente, Caracas tiene la relación más elevada de todo el continente americano y una de las más altas del mundo (http://www.numbeo.com/property-investment/rankings.jsp)

El sentido común nos dice que para salir de esta trampa debemos incidir simultáneamente sobre el precio de la vivienda y sobre el ingreso del hogar. Elevar este último pasa por la implementación sostenida de un conjunto armónico de políticas económicas, institucionales y sociales orientadas a elevar las capacidades del trabajador y a darles un uso productivo a través de más y mejores oportunidades de empleo y emprendimiento, lo cual pasa a su vez por hacer de nuestro país un lugar más atractivo para la inversión.

Y reducir el precio de la vivienda pasa por estimular la inversión privada en el sector y por planificar nuestras ciudades de modo tal de maximizar la oferta de terrenos con servicios para que el sector privado compita en la construcción de nuevas comunidades. ¿Por qué vamos entonces en sentido contrario? Porque lamentablemente, en el gobierno que tenemos, el sentido común es el menos común de los sentidos.

www.ricardovillasmil.com
@rvillasmilbond

miércoles, 15 de agosto de 2012

Vivir viviendo


(El profesor del IESA, Ricardo Villasmil, reflexiona en torno a la angustiosa necesidad del ciudadano común por cubrir los bienes y servicios para su familia y el rol que debe desempeñar el Estado para desarrollar políticas que permitan la generación de empleos bien remunerados. Publicado en el diario El Universal el sábado 11 de agosto de 2012)

Buscar sin éxito un empleo que permita cubrir las necesidades de su familia es una de las peores angustias que puede tener un padre. Es uno de esos dramas que sólo podemos entender cuando lo vivimos en carne propia, cuando vemos su impacto sobre el orgullo y la autoestima.

Cuando vemos que, en esas circunstancias, el auxilio económico de un familiar o del Estado ciertamente ayuda, pero a la vez potencia el sentimiento de minusvalía.

Precisamente por ello, una de las preocupaciones fundamentales de los Estados modernos es que todas las personas en edad de trabajar tengan la oportunidad de tener un empleo. Pero, claro, no un empleo cualquiera. El ingreso por él generado tiene que alcanzar para cubrir los gastos fundamentales de la familia: alimentación, salud, vivienda, etc.

En otras palabras, no basta con que el empleo sea bien remunerado, es importante que los bienes y servicios básicos sean asequibles.

Tomemos el caso de la vivienda. Dos de cada tres familias venezolanas tiene ingresos inferiores a dos salarios mínimos (4.100 bolívares). Si tomamos como norma general que el gasto en vivienda no debe superar una tercera parte del ingreso total del hogar, tendremos que el pago mensual de vivienda de dos de cada tres familias debe ser inferior a 1.366 bolívares.

A la tasa hipotecaria actual, un pago mensual de esa magnitud permite financiar unos 136.600 bolívares, pero un apartamento de 60 metros cuadrados en los Valles del Tuy, por ejemplo, tiene un precio promedio de mercado de alrededor de tres veces ese monto. El Estado debe subsidiar una parte de la diferencia para las familias más necesitadas, pero en ningún caso la totalidad de la diferencia para todas las familias.

Lograr que todos podamos tener acceso oportuno a una vivienda de calidad requiere entonces combinar una política de subsidios focalizados en las familias más necesitadas con una política económica e institucional capaz de lograr tres cosas: 1) elevar la productividad del trabajador y por esa vía sus ingresos; 3) estimular la producción masiva de viviendas de calidad con acceso a servicios públicos y al equipamiento social correspondiente; y 3) reducir el costo de la vivienda.

Esta no es una trinidad imposible. Otros países latinoamericanos lo están logrando. Nosotros también podemos hacerlo.

@rvillasmilbond; www.ricardovilla.com

lunes, 30 de julio de 2012

Revolución vs. Evolución

(El profesor del IESA, Ricardo Villasmil, compara dos alternativas utilizadas por los gobiernos latinoamericanos para atender el problema de la pobreza y la desigualdad. Publicado en el diario El Universal, el 28 de julio de 2012)

América Latina es la región más desigual del mundo. El 10 por ciento más rico concentra el 48% del ingreso total y el diez por ciento más pobre apenas 1,6%.

Esta enorme disparidad tiene sus raíces en un proceso de colonización basado en la extracción de metales preciosos y materias primas utilizando mano de obra esclava. 400 años después, la esclavitud fue abolida, pero su legado de exclusión sigue vivo, transmitiéndose de una generación a otra a través de la educación, la salud y las oportunidades en general. Los resultados saltan a la vista. En Guatemala, por ejemplo, 1 de cada 5 hombres "blancos" posee un vehículo, contra 1 de cada 20 entre hombres de origen indígena.

La persistencia de la desigualdad es motivo de enorme frustración para quienes la sufren y de no menos presión para el liderazgo político. Ello ha decantado con el tiempo en dos caminos alternativos: revolución o evolución.

El primero redistribuye instantáneamente la riqueza pero destruye todo incentivo para seguirla generando. El segundo redistribuye oportunidades pero sus frutos se ven a mediano plazo. Visto de esta manera, no puede sorprendernos que exista una enorme tentación para tomar el primer camino.

Balance
El primer camino es una receta fácil pero está destinada al fracaso y, por tanto, lo dejaremos a un lado. El segundo camino es muy complicado. Exige lograr un balance muy difícil entre los recursos que dedicamos a atender las víctimas de la pobreza y los que dedicamos a prevenir su transmisión (entre pensiones y preescolares, por ejemplo).

Exige asimismo un balance entre los recursos dedicados a las políticas sociales, a las políticas económicas y al fortalecimiento institucional. ¿Cómo decidir, por ejemplo, qué uso le damos al próximo bolívar: a la atención materno-infantil, a cerrar el déficit fiscal o a fortalecer el sistema de justicia?

Requiere saber atender el corto plazo sin perder la visión de largo plazo, atender la política real sin perder la visión de la política ideal. Sí, es un camino complicado y no tiene receta, pero todo camino al éxito es un camino en construcción. Como dice el poeta Antonio Machado, se hace camino al andar.

@rvillasmilbond

viernes, 6 de julio de 2012

Divide y perderás

(El profesor del IESA, RicardoVillasmil, hace una interpretación política de por qué el uso de un mensaje de separación ha perdido efectividad en la estrategia del oficialismo. Publicado en el diario El Universal el 30 de junio)

La estrategia romana divide et impera tiene como principio fundamental fragmentar las fuerzas opositoras para dominarlas con mayor facilidad. Fue implementada exitosamente por César y por Napoleón, y ha sido la máxima del oficialismo para conquistar y mantenerse en el poder durante los últimos 14 años.

Hay razones para pensar, sin embargo, que la efectividad de esta estrategia ha llegado a su fin y que persistir en ella se ha convertido en un bumerán para el oficialismo. Venezolanos de todas las tendencias políticas se confiesan hastiados de la confrontación y comienzan a identificarla como el principal obstáculo para su progreso individual y colectivo. Bajo estas circunstancias, insistir en la división genera el efecto contrario -la unión y la consolidación de fuerzas- y eso es precisamente lo que estamos viendo hoy. Factores políticos, económicos y sociales que ponen de lado sus diferencias ideológicas y sus intereses particulares en pos de un objetivo superior: derrotar a su opresor. Gracias a ello, la oposición venezolana es hoy mucho más y mucho mejor que antes. Es una alternativa democrática y plural con un alto grado de cohesión que mantiene un objetivo claro y legítimo -la salida electoral- y con 100 días de campaña por delante, los estudios de opinión pública marcan una tendencia clara en las preferencias del elector.

Mi interpretación política de esta realidad es que la sed de venganza ya está saciada. El discurso vengativo y destructivo deja hoy muy pocos dividendos, cohesiona a una minoría radical pero aleja a los moderados que son cada vez más. Abre así la puerta a un discurso conciliador y constructivo, que sin dejar de tener a los más necesitados como prioridad, represente una alternativa de progreso para todos.

Víctima de sus propios excesos, el oficialismo se manifiesta incapaz de cambiar de rumbo, haciendo caso omiso del viejo adagio que nos advierte que "cuando estemos en un hoyo, no cavemos más para salir". Pero como dijo Lord Acton, el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente.

El Presidente declaró recientemente que el que no es chavista, no es venezolano. El 8 de octubre nos tocará recordarle que somos los venezolanos los que deciden quién es el Presidente y no el Presidente quiénes somos venezolanos.

@rvillasmilbond

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miércoles, 6 de junio de 2012

Grecia y Venezuela


(El profesor del IESA, Ricardo Villasmil, hace un análisis comparativo entre las situaciones económicas de Grecia y Venezuela, que se enfrentan a escenarios similares pero necesitan soluciones diferentes. Publicado en el diario El Universal el 2 de junio)

El dilema en el que se encuentra Grecia es muy aleccionador para los venezolanos. A mi juicio, sin embargo, las soluciones son distintas: la de Grecia radica fundamentalmente en la austeridad, la de Venezuela en el crecimiento. Veamos.

Ambos países vienen de procesos de expansión económica financiados con expansiones aún más aceleradas del endeudamiento público. Sobra decir que estos son procesos insostenibles e inherentemente riesgosos. Mientras los mercados crean que la expansión va eventualmente a revertirse y que existe capacidad de pago, el incremento de la relación deuda/producto puede continuar. Pero si por alguna razón se convencen de lo contrario, se desata una espiral de deterioro: el financiamiento se encarece y la inversión, el empleo y los ingresos fiscales se contraen. Y como consecuencia de ello, se expanden el déficit fiscal y las necesidades de endeudamiento.

Al llegar a esta encrucijada, se abren dos opciones. La primera es contractiva: tomar medidas orientadas a corregir el déficit fiscal y adoptar un ritmo de endeudamiento consistente con una reducción de relación deuda/producto por la vía del numerador.

La segunda opción es expansiva: tomar medidas orientadas a estimular las inversiones, la generación de empleo y el crecimiento económico. Si el crecimiento económico logra tomar fuerza, la relación deuda/producto comenzaría a caer por la vía del denominador.

La primera es la que se le ha impuesto a Grecia. Naturalmente, los griegos habrían preferido optar por la segunda, pero los mercados no la ofrecieron. ¿Por qué? Porque las perspectivas de crecimiento de ese país son muy poco halagadoras. Pero este no es el caso venezolano en la eventualidad de un cambio de gobierno. Ello producto de la existencia de gigantescas oportunidades de inversión desaprovechadas por el régimen actual, particular pero no exclusivamente en el sector petrolero.

Y lo mejor de todo, es que como consecuencia de la confianza resultante de un cambio de gobierno, en una primera etapa Venezuela podría incluso continuar incrementando su deuda, pero reduciendo la tasa de interés aplicable a su deuda y elevando su tasa de crecimiento. Esta combinación haría que la relación deuda/producto caiga y la relación servicio de deuda/producto caiga aún más. Casi demasiado bueno para ser cierto, ¿no?

@rvillasmilbond; www.ricardovillasmil.com

sábado, 19 de mayo de 2012

Dos venezolanos en 1 semana


(El profesor del IESA, Ricardo Villasmil, reconoce el logro de dos venezolanos que se destacaron recientemente en el exterior y lo que ello significa para el país. Publicado en el diario El Universal el sábado 19 de mayo)

Dos venezolanos alcanzaron esta semana sitiales de honor en sus respectivas disciplinas. Pastor Maldonado se alzó el domingo con el Gran Premio de España, nada más y nada menos que en la máxima categoría del automovilismo mundial. Y tres días después, el ingeniero Rafael Reif, egresado de la Universidad de Carabobo, fue elegido presidente del MIT, nada más y nada menos que una de las universidades más prestigiosas del planeta. Ambos son logros excepcionales, merecedores del respeto, de la admiración y del orgullo de todos los venezolanos.

Basta con echar un vistazo a sus trayectorias -a través de Google encontré algunas muy completas- para darnos cuenta de que sus logros son producto del talento, del compromiso y del esfuerzo metódico y constante. Nadie les regaló nada: con claridad de propósito, ambos buscaron y aprovecharon todas y cada una de las oportunidades que encontraron para avanzar. Poco a poco. Paso a paso. Así de simple.

Gracias a estos dos venezolanos, al menos por una semana toda Venezuela es grande, y unirnos todos en el aplauso es parte importante de esa grandeza. Porque con el aplauso reconocemos mucho más que el logro. Reconocemos los valores que lo hicieron posible. Reconocemos que sí se puede y nos inspiramos a seguir su ejemplo. Precisamente por eso, al aplaudir todos, lo convertimos en un triunfo de todos.

Es lamentable, pero hasta cierto punto inevitable, que en el ambiente de polarización que vivimos, algunos intenten apoderarse de estos logros y otros intenten minimizarlos por razones de filiación partidista. Unos pecan por ladrones y otros por mezquinos, y al hacerlo le hacen un flaco servicio a quienes pretenden alabar. Silenciémoslos a ambos con el aplauso generoso. El aplauso del fanático que se enaltece a sí mismo y enaltece el juego cuando suprime su frustración inicial y se pone de pie para aplaudir las grandes jugadas de sus adversarios. Porque al final, independientemente de lo que nos quieren vender los extremistas de ambos lados, no somos enemigos. Somos adversarios, adversarios en el juego de la democracia. Y al final, cuando termine el juego y salgamos todos juntos a celebrar, caeremos en cuenta de que actuando así, todos ganamos.

@rvillasmilbond; www.ricardovillasmil.com