jueves, 7 de junio de 2012

Maquinaciones


(El profesor del IESA, Ramón Piñango, hace un análisis del escenario político-electoral del país, destacando la importancia de respetar la legitimidad de los procesos que se han desarrollado hasta la fecha de cara a las próximas elecciones presidenciales. Publicado en el diario El Nacional el 5 de junio)


Es difícil anticipar, aunque sea de manera penumbrosa, lo que ha de ocurrir de aquí hasta el final del año. Sin embargo, en las últimas semanas los eventos parecen esbozar los rumbos que puede tomar la historia del país, y es bueno escucharlos no sólo para anticiparlos, sino también para tratar de hacer más probable lo que consideramos más deseable.

Los días que vivimos se prestan para torcer el rumbo político que quienes creemos en la democracia nos hemos trazado. Antes de señalar lo que puede estarse engendrando, primero es bueno considerar lo obvio: 1) que hay un candidato unitario opositor cuya campaña progresa; 2) que el Presidente está seriamente enfermo con un cáncer.

De la candidatura de Capriles se dirá lo que se quiera, pero es difícil negar su avance, aunque a algunos les parezca insuficiente. Más aún, los ataques recientes parecen responder al temor de que triunfe. De la enfermedad del Presidente es difícil dudar, aunque parte de la población no crea en ella.

Es innegable que cada vez lo vemos y escuchamos menos. Se trata de un mutis progresivo. ¿Cómo no pensar que, con velocidad creciente, se aproxima el día del mutis definitivo? Esos hechos, por ser claramente constatables, generan maquinaciones nada santas revestidas de amor al país y compromiso con su futuro.

No es un secreto que la grave enfermedad de Hugo Chávez, razón de ser y eje del Gobierno, la revolución y el PSUV, ha destapado ambiciones, conflictos e intrigas de todo tipo. Ni la persona más candorosa puede dudar que la gente del régimen está pensando qué hacer cuando la enfermedad inutilice a su líder o cuando él desaparezca. La candidatura de Chávez es inminente, lo cual complica las cosas.

Si algo le llega a ocurrir al candidato, lo cual es probable, habrá que improvisar un candidato sustituto, y, a estas alturas, cualquier candidato será un improvisado porque los votos no se endosan fácilmente, aunque Chávez lo quiera y así lo proclame. En tal situación es fácil pensar que el PSUV pedirá postergar las elecciones. Argumentará que hay que presentar un nuevo candidato a no menos del 40% del electorado.

Pero las ambiciones, conflictos e intrigas no son rasgos exclusivos del chavismo. El antichavismo tiene también una dosis de estos fenómenos humanos. Los comentarios negativos, hechos públicamente, sobre la campaña de Capriles no pueden ser tomados como simples críticas "constructivas".

Hay una clara intención de minar desde ahora la candidatura del candidato de la oposición. Es más, hay razones para pensar que si su crecimiento es aún mayor, los esfuerzos para disminuirlo o desplazarlo arreciarán. Ya se escucha el comentario de que "no es que Capriles no pueda ganar, sino que el muchacho no va a poder con un país tan enredado... no es mala idea postergar las elecciones y pensar en otras opciones".

Y así comienza la convergencia del chavismo y cierto antichavismo. Por eso las exploraciones de conveniencias mutuas que algunos llaman negociaciones. La idea de postergar las elecciones es parte de un paquete que incluye un gobierno de transición hacia una indefinida fecha electoral. Poco a poco se urde el argumento de que "a ustedes y nosotros nos conviene". Y entre una y otra cosa se mezcla el "hay que negociar para que no nos matemos".

Pero resulta que ese "ustedes" y ese "nosotros" son muy amplios y abusivos. Nadie puede ignorar el voto de más de 3 millones de personas en las primarias. Nadie puede intentar negociar impunemente la postergación de las elecciones del 7 de octubre, por una supuesta conveniencia del interés nacional.

Y lo de la "paz" no es más que un burdo chantaje, utilizado muchas veces por gente que, desde distintos campos de acción, la ha minado.

rapinango@gmail.com

Relevancia del capital intangible


(Para Maritza Izaguirre, miembro del Junta Ejecutiva del IESA, el capital intangible se fortalece únicamente con instituciones públicas sólidas, para garantizar la adecuada eficiencia en el uso de los recursos. Publicado en el diario El Nacional el 5 de junio)


En publicaciones recientes del Banco Mundial (Canuto y Cavallari, 2012), los autores identifican, entre otros, el capital social, el desarrollo del talento humano y la innovación como factores que, combinados con una inteligente intervención del Estado, logran la modernización y el progreso de la sociedad.

Se refieren a ello como el capital intangible, para diferenciarlo del capital productivo y del capital natural, este último asociado con la abundancia de recursos naturales, cuya utilización favorece al Estado con importantes recursos financieros.

En sus investigaciones llegan a la conclusión de que la calidad de las instituciones públicas y la gobernabilidad juegan un papel relevante. Ello explica por qué algunos países desafían la maldición de los recursos naturales, mediante la formulación de políticas adecuadas, adopción de estrategias destinadas a fortalecer el capital físico, la capacidad productiva y el capital humano, lo que contribuye a disminuir su elevada dependencia del ingreso fiscal originado en la explotación de dichos recursos.

Es así como la riqueza súbita, en un entorno de debilidad institucional y gobernabilidad limitada, conduce con frecuencia a la ineficiencia e ineficacia en el uso de los recursos. Cuando el Estado actúa sin los balances y controles, propios del Estado de Derecho, ocurre con frecuencia la apropiación de lo producido por grupos vinculados al entorno gobernante, se enriquecen unos pocos en detrimento de las mayorías; la utilización sin control de enormes recursos que alimentan a un Estado poderoso, el cual, con frecuencia, incurre en el financiamiento de programas y proyectos de dudosa rentabilidad que al reducirse el ingreso fiscal incurren, para mantener el nivel de gasto, en el endeudamiento y comprometen, así, a las futuras generaciones.

De allí la importancia de disponer de un sector público capaz y eficiente, que actué con transparencia y respete el Estado de Derecho, que promueva la transparencia en las decisiones y fortalezca el capital humano y social, y así genere confianza y estimule la creación de empleo, ahorro, inversión y solidaridad.

Dado que somos un país que vive de la renta petrolera, y que nuestras oportunidades para lograr la verdadera independencia se alejan por el entorno que nos rodea, se hace urgente un cambio de rumbo.

Por lo tanto, a participar, para que mediante el voto libre y secreto optemos por la opción que asegure el incremento en nuestra sociedad del capital intangible, clave del crecimiento sostenido.

izaguirre.maritza3@cantv.net

miércoles, 6 de junio de 2012

¿Cómo desmontar al bufón?


(El profesor del IESA, Miguel Ángel Santos, hace una reflexión sobre la realidad de la cultura en Venezuela, tomando como punto de partida el análisis del libro de Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo. Publicado en el diario El Universal el 3 de junio)

Tengo que confesar que adquirí La civilización del espectáculo, el último libro de Mario Vargas Llosa, con esa mezcla de excitación y ansiedad de quien se aproxima a la fuente de sus dudas más existenciales. Todos tenemos esas áreas en donde nuestra coherencia es puesta a prueba, esas ideas que nos hemos ido haciendo con el tiempo y que no siempre son consistentes con el resto de nuestras convicciones.

Hemos ido poco a poco construyendo nuestra propia forma de concebir el mundo y llegado a creer en principios que no siempre somos capaces de justificar. De alguna forma sabemos que algunos de ellos (parafraseando a Sábato) no aguantarían uno solo de nuestros análisis lógicos. Siendo así, una oportunidad para tender puentes entre esas incoherencias y darnos cierta sensación de conexión integral siempre es bienvenida.

Presentía que el libro vendría a ser el final de una construcción de la que había venido siendo testigo a través de sus columnas dominicales y ensayos. Me identificaba con muchas de sus preocupaciones. Desde hace tiempo tenía la impresión pueril, superficial, desarrollada en el trajinar del día a día, de que la cultura (como quiera que se entienda, ya volveré sobre ello) había ido desapareciendo, o acaso sea más preciso decir, había venido siendo arrinconada en la escena venezolana.

Como suele ocurrir, contribuyeron con esa percepción una sucesión de hechos puntuales: el fin del Festival de Teatro de Caracas (que gracias a la tenacidad de un pequeño grupo de defensores de la cultura ha vuelto este año), el cierre de nuestras librerías más tradicionales y su sustitución por una suerte de abastos de autoayuda y de lectura rápida, el "fin de la concesión" que tenían nuestros grupos teatrales sobre ciertos espacios, el cierre del Ateneo de Caracas o la militarización del Teatro Teresa Carreño. En el lugar de la cultura se ha ido instaurando una suerte de imperio del entretenimiento, encabezado por un personaje todopoderoso en nuestros días: el bufón.

En palabras de Lipovetsky y Serroy (La cultura mundo: Respuestas a una sociedad desorientada), el bufón tiene como única intención "divertir y dar placer a las masas, posibilitar una evasión fácil y accesible para todos, sin necesidad de formación alguna, sin ningún referente cultural y erudito".

Arrogancia 

El problema está en que tras esa convicción se encuentra una arrogancia inconfesable, que no es otra que la de presumir saber, o como mínimo de saber quién o quiénes son los que saben, qué diferencia la cultura de aquello que no lo es. Aun Vargas Llosa, con toda la despreocupación y la irreverencia que le pueden haber traído el Nobel y la edad, hace galopar sus ideas por encima de esta jactancia. A fin de cuentas: ¿qué es la cultura? Tenía en mente una idea de José Ignacio Cabrujas que hasta la fecha me había sido una referencia útil: La cultura es aquello que nos urge en la vida. Esto, para Vargas Llosa, no puede ser la cultura.

Esas definiciones tan amplias, que comprenden "la lengua, las creencias, usos y costumbres, indumentarias, técnicas y en suma, todo lo que una sociedad practica, evita, respeta y abomina" son precisamente las que desembocan en la cultura como pasatiempo, anteponiendo el entretenimiento por encima de todo. ¿Y qué es entonces la cultura?

Vargas Llosa cita a T.S. Eliot: "La cultura es una sensibilidad y un cultivo de la forma que da sentido y orientación a los conocimientos". Por decir lo menos, esto tampoco ayuda. Más adelante afirma, en una de esas frases con las que uno se identifica plenamente y después no haya qué hacer con ellas: "La vida ha dejado de ser vivida, para ser representada... La idea de reemplazar el vivir con el representar, hacer de la vida una espectadora de sí misma, implica un empobrecimiento de lo humano". ¿Y cómo sabe uno, por citar un ejemplo, si el Rey de España y su protocolo es un "cultivo de la forma" o una de esas representaciones que "empobrecen lo humano"?

La élite

Siendo así, la cultura queda a merced de la interpretación de ella que haga una élite predominante. Vargas Llosa en este sentido no tiene ningún remordimiento: La cultura debe ser patrimonio de esa élite, y esa es (y aquí cita de nuevo a T.S. Eliot) "condición esencial para la preservación de la calidad de la cultura". Apenas unos párrafos más adelante, el autor aclara que esa élite "en ningún caso debe identificarse totalmente con la clase privilegiada o aristocrática de la que proceden principalmente sus miembros". Aquí vale aquello que le escuché una vez a Stephen King: Las palabras que uno suele terminar con el sufijo "mente" son las que nos revelan. Este mango bajito no lo ha dejado pasar Jorge Volpi: "Según él (Vargas Llosa) la existencia de una autoridad permitió el desarrollo de la cultura, gracias a que un pequeño grupo de sabios, cuya influencia no dependía de sus conexiones de clase sino de su talento, señaló el camino a los jóvenes. (¿Quiénes serían esos aristócratas sin vínculos con el poder?)"

Que en el libro no se encuentren las respuestas que buscaba no quiere decir que la lectura no haya valido la pena. Como suele suceder con estos temas tan resbalosos, en lugar de aspirar a tener un criterio todo-inclusivo que sirva de tabulador a nuestras inquietudes, quizás lo que conviene más sea sacar pequeñas lecciones en claro.

La primera es que jamás llegaremos a una concepción única acerca de lo que representa cultura y lo que no. Y pensándolo bien, es una gran cosa que así sea. Esto acaso nos obliga a tolerar al bufón en todas sus manifestaciones, que incluyen (pero no están restringidas a) el político, el economista, el encuestador; el entretenedor por excelencia. En ese proceso, sin embargo, es bueno enfatizar que la cultura no tiene nada que ver con las masas. Que a Pablo Coelho lo lean cientos de millones de personas no dice -ni deja de decir- nada en relación a su obra como fenómeno cultural.

Impresión 

La segunda cosa es que, a título personal, uno sí es capaz de decir qué ha sido cultura y qué no, de todo lo que uno ha visto. Se percibe un elemento común, que radica no tanto en que se haya superado la prueba del tiempo de manera intergeneracional (después de todo esto depende en buena parte de esa cofradía de sabios que son los editores y quienes deciden sobre el currículo de lectura estudiantil), sino más bien por el tiempo que cada manifestación cultural haya sido capaz de permanecer en la impresión del espectador.

Por decir algo, uno siempre termina volviendo a la Odisea, o a las Memorias de Adriano, a El beso de Gustave Klimt o al Autorretrato frente a la cama y el reloj de Edward Munch. Aunque me parece increíble, todavía encuentro gente muy culta que no les ha encontrado nada espacial, y en cambio tiene en cabecera La insoportable levedad del ser (de cuya página cien jamás fui capaz de pasar) o atesoran serigrafías con los garabatos de Joan Miró. En cualquier caso, es una cuestión personalísima, pero hay algo seguro: El bufón rara vez consigue dejar una impresión duradera.

Siendo así, y he aquí la tercera y última cosa que he sacado en claro, lo mejor que podemos hacer por preservar la verdadera cultura sea promover la sensibilidad, estimular la búsqueda del poeta, el escritor, el cineasta, el compositor, el artista plástico o el pintor que nos expresa, ese al que terminamos por acudir en las horas aciagas y que, de alguna forma que no somos capaces de explicar, nos orienta, nos contextualiza e inspira. Esa es la única forma democrática de minimizar al bufón, al vendedor de ilusiones, y de desmantelar en alguna medida el imperio del entretenimiento.

@miguelsantos12

¿Por qué no amaina la crisis?


(Moisés Naím analiza la crisis económica europea, qué factores podrían disminuir la incertidumbre en la región, qué problemas enfrentan para superarla y qué actores tienen el peso suficiente para influir en la toma de decisiones. Publicado en el diario El Nacional el 5 de junio)

¿Por qué sigue agudizándose y extendiéndose la crisis económica europea? ¿Ignorancia? ¿Demasiado poder concentrado en pocas manos? ¿O será, quizás, todo lo contrario: que los que deben tomar las decisiones necesarias no tienen el poder para hacerlo? Creo que es una diabólica combinación de estos tres factores.

Ignorancia. Está claro que ni entre los Gobiernos ni entre los expertos hay acuerdo acerca de qué hacer. El debate entre los defensores de la austeridad y quienes proponen gastar más para estimular el crecimiento de la economía domina los titulares. A medida que la crisis arrecia, este debate se transforma en un torneo de frases hechas y afirmaciones superficiales. Después de todo, la austeridad no suele ser una opción entre varias. Los pobres no viven austeramente porque, después de pensárselo bien, decidieran que prefieren ser frugales y no manirrotos. Así, para muchos países —y familias— la austeridad es una feroz e ineludible realidad.

Por otro lado, imponerle más austeridad a quienes ya no pueden vivir con lo poco que tienen tampoco es una opción válida. En todo caso, el debate sigue y la seguridad con la cual los más renombrados economistas ofrecen sus recomendaciones contrasta con la validez de sus pronósticos e interpretaciones antes y durante la crisis. Andrew Lo, un economista del MIT, acaba de publicar en el prestigioso Journal of Economic Literature una reseña de los 21 libros que más resonancia han tenido en los debates sobre la crisis.

Su conclusión: “De este amplio y contradictorio conjunto de interpretaciones no emerge una narrativa única; la gran variedad de conclusiones… enfatiza la desesperada necesidad que tienen los economistas profesionales de ponerse de acuerdo sobre una base de datos común de la cual puedan construir inferencias y narrativas más precisas”.

En otras palabras, si los mejores economistas ni siquiera se pueden poner de acuerdo sobre cuáles son los hechos y datos relevantes para explicar la crisis, no debe sorprendernos que tampoco estén de acuerdo acerca de qué hacer para salir de ella. Pero no se dan por aludidos. Esta crisis ha revelado que la arrogancia intelectual es uno de los riesgos ocupacionales de practicar la economía como profesión.

Mucho poder en pocas manos. Por otro lado, también es obvio que la crisis no es solo económica y que las contradicciones y desacuerdos entre los expertos no bastan para explicar lo que está sucediendo. La política tiene mucho que ver con lo que está pasando, y hablar de política es hablar de poder.

Hay protagonistas de este drama que, aunque no tienen el poder para solucionar la crisis, tienen el poder de vetar las iniciativas ajenas que no les convienen y así truncar el juego. La canciller alemana, Angela Merkel, por ejemplo, es uno de estos protagonistas con enorme poder de veto. Alemania podría estimular más su economía y apoyar otras medidas que ayuden al resto de Europa a salir de la crisis. La venta en los mercados mundiales de un bono único emitido por Europa es un buen ejemplo de iniciativas válidas que hasta ahora han sido frenadas por Alemania.

Estos eurobonos tendrían la garantía colectiva de todo el continente, lo que disminuiría su prima de riesgo y los pagos que deben hacer los países más atribulados por la crisis —y que más dependen del crédito del extranjero—. Pero en estos tiempos el poder no solo se concentra en algunos países y líderes. Los financieros que tienen la capacidad de mover grandes volúmenes de capital de un país a otro también son protagonistas importantes del drama europeo. Si bien no pueden imponer políticas, sí pueden vetar decisiones o limitar las opciones de los Gobiernos.

Poco poder en muchas manos. Por otro lado, un paradójico y contradictorio aspecto del poder en estos tiempos es su escasez, precariedad y transitoriedad. Aún los más poderosos se encuentran con inmensas limitaciones para ejercer el poder. Y además lo pierden con inusitada frecuencia, siendo reemplazados por rivales, colegas o sorprendentes contendientes que aparecen súbitamente.

Angela Merkel no puede hacer todo lo que le gustaría y sus opciones son restringidas por una miríada de micropoderes que, si bien no tienen la fuerza de imponer sus deseos, sí tienen cómo limitar a los más poderosos. Ni siquiera los líderes de las finanzas pueden hoy dormir tranquilos suponiendo que sus cargos e instituciones están a salvo de la turbulencia en la que vivimos.

En el mundo de hoy, el poder está muy fragmentado y la crisis europea es la evidencia más clara de esta tendencia. Incluso quienes más poder tienen solo pueden influir sobre su evolución de manera tenue e indirecta. La crisis sigue porque en Europa no hay quien tenga el poder para contenerla. Por ahora.

@moisesnaim

Grecia y Venezuela


(El profesor del IESA, Ricardo Villasmil, hace un análisis comparativo entre las situaciones económicas de Grecia y Venezuela, que se enfrentan a escenarios similares pero necesitan soluciones diferentes. Publicado en el diario El Universal el 2 de junio)

El dilema en el que se encuentra Grecia es muy aleccionador para los venezolanos. A mi juicio, sin embargo, las soluciones son distintas: la de Grecia radica fundamentalmente en la austeridad, la de Venezuela en el crecimiento. Veamos.

Ambos países vienen de procesos de expansión económica financiados con expansiones aún más aceleradas del endeudamiento público. Sobra decir que estos son procesos insostenibles e inherentemente riesgosos. Mientras los mercados crean que la expansión va eventualmente a revertirse y que existe capacidad de pago, el incremento de la relación deuda/producto puede continuar. Pero si por alguna razón se convencen de lo contrario, se desata una espiral de deterioro: el financiamiento se encarece y la inversión, el empleo y los ingresos fiscales se contraen. Y como consecuencia de ello, se expanden el déficit fiscal y las necesidades de endeudamiento.

Al llegar a esta encrucijada, se abren dos opciones. La primera es contractiva: tomar medidas orientadas a corregir el déficit fiscal y adoptar un ritmo de endeudamiento consistente con una reducción de relación deuda/producto por la vía del numerador.

La segunda opción es expansiva: tomar medidas orientadas a estimular las inversiones, la generación de empleo y el crecimiento económico. Si el crecimiento económico logra tomar fuerza, la relación deuda/producto comenzaría a caer por la vía del denominador.

La primera es la que se le ha impuesto a Grecia. Naturalmente, los griegos habrían preferido optar por la segunda, pero los mercados no la ofrecieron. ¿Por qué? Porque las perspectivas de crecimiento de ese país son muy poco halagadoras. Pero este no es el caso venezolano en la eventualidad de un cambio de gobierno. Ello producto de la existencia de gigantescas oportunidades de inversión desaprovechadas por el régimen actual, particular pero no exclusivamente en el sector petrolero.

Y lo mejor de todo, es que como consecuencia de la confianza resultante de un cambio de gobierno, en una primera etapa Venezuela podría incluso continuar incrementando su deuda, pero reduciendo la tasa de interés aplicable a su deuda y elevando su tasa de crecimiento. Esta combinación haría que la relación deuda/producto caiga y la relación servicio de deuda/producto caiga aún más. Casi demasiado bueno para ser cierto, ¿no?

@rvillasmilbond; www.ricardovillasmil.com

viernes, 1 de junio de 2012

"Hecho en socialismo"


(El presidente del Consejo Directivo del IESA, Gustavo Roosen, analiza la consigna "Hecho en Socialismo" más como un elemento publicitario que como una demostración de eficiencia al comparar los resultados de los países cercanos, destacando la importancia de la empresa privada en el aparato productivo del país. Publicado en el diario El Nacional el 28 de mayo de 2012)

Luego de un calculado y conflictivo proceso de expoliaciones, nacionalizaciones y expropiaciones, el gobierno del presidente Chávez lanzó hace aproximadamente tres años la marca Hecho en Socialismo como bandera de su acción productiva y como medio para afirmar una orientación ideológica a través de la oferta de productos.

Así aparecerían para el consumidor final productos conocidos como aceite Diana o café Fama de América, además de cemento, cabillas, teléfonos celulares, programas turísticos y un largo etcétera.

La marca ha terminado siendo el sello de cualquier iniciativa del Gobierno.

Sin embargo, además de una afirmación política ¿qué ha significado de verdad para el venezolano el "hecho en socialismo"? La respuesta podría concentrarse en dos realidades constatables: escasez y bajo nivel de producción. Quien va al mercado resiente la falta de productos, incluso en los establecimientos abastecidos y subsidiados por el Gobierno.

Sidor tiene dificultades para satisfacer la demanda, incluidos sus compromisos mínimos.

Agropatria no ha sido capaz de atender los requerimientos de los agricultores y busca tardíamente una salida acudiendo a sus antiguos administradores. El campo en manos del Estado no florece. No se consigue cemento ni materiales de construcción. La falta de producción se resuelve con más y más importación.

En la tarea de construir ­más bien tratar de imponer­ el socialismo ha predominado el voluntarismo y la improvisación. Se ha querido resolver a fuerza de billetes y de burocracia, de incremento de reglas y controles, de propaganda e imposición, de desprestigio de la empresa privada y de creación de obstáculos para su desarrollo.

Se ha trabajado con desprecio u olvido de las reglas básicas de una empresa productiva, de aquellas que tienen que ver con la planificación, la continuidad, la constancia, la búsqueda de calidad, la preparación y el estímulo al trabajador, el fomento de la iniciativa y la productividad.

Expertos en todo, gerentes en nada, los resultados de su empeño dan mucho para las vallas y la propaganda y muy poco para la producción efectiva y el impulso al crecimiento de la economía, el avance de la modernidad y la creación de condiciones de bienestar.

El contraste de esta pretensión con la economía real y la vida de la gente ha hecho que el venezolano vea cada vez con más claridad el papel de la empresa privada, tanto la pequeña como la grande. Los venezolanos aprecian, ahora más que antes, el valor y la importancia de la empresa privada.

Perciben su presencia como algo que les atañe, que toca su vida, que afecta su bienestar, tanto por los productos que ofrece como por el empleo y las oportunidades que genera. La calidad, la diversidad, la competitividad, la seguridad de suministro, la continuidad, el estímulo a la producción nacional por oposición a la simple importación, la generación de un mercado de competencia son todos elementos vinculados en su mente a la empresa privada.

Recientes estudios muestran una mejor comprensión del papel del Estado y de la empresa privada, la atribución al primero de las funciones de orientación y control, y a la segunda, las de producción, abastecimiento de los mercados, generación de empleo, activación de la economía.

Después de tres años de la marca Hecho en Socialismo cabría preguntarse quién se ha beneficiado. No, ciertamente, el consumidor, que ha visto reducida la oferta de productos y ha constatado la escasez; no el trabajador, que ha pasado a enrolarse en una nómina oficial partidizada y dependiente; no, desde luego, el país en su conjunto, no su crecimiento, no sus expectativas.

Pese al discurso oficial los hechos hablan de un enorme fracaso, que contrasta con los éxitos alcanzados en países cercanos, en los cuales el Estado no sólo no ha pretendido hacerlo todo ni ha generado temores, sino que ha estimulado a la empresa privada y ha creado las condiciones legales y materiales para producir, para generar riqueza y empleo y, en definitiva, bienestar.

El cuero seco de la revolución


(El profesor del IESA, Miguel Ángel Santos, analiza las cifras de empleo en Venezuela y las proyecciones ofrecidas por el INE, sustentando con datos económicos la dificultad de generar empleos en el país. Publicado en el diario El Universal el 1 de junio de 2012)

Elías Eljuri ha dicho esta semana que "en dos años habrá más oferta que demanda de trabajo". Es una afirmación curiosísima, que no viene acompañada de ninguna argumentación lógica, ni tan siquiera una mínima construcción intelectual. El presidente del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) ya ni siquiera siente la necesidad de sustentarla, le basta con repetir consignas, una detrás de otra, como si fuesen un mantra. La revolución sigue empeñada en convencernos (catorce años después) de que todo lo bueno está a punto de pasar.

¿Y eso será porque caerá la demanda o porque subirá la oferta? La demanda de trabajo, por ejemplo, está estrechamente ligada a la demografía. Cada año se incorporan al mercado laboral unos 400.000 venezolanos. ¿Cómo se va a reducir esta cifra? De repente nos tratan de convencer, como hace algunos años, de que el ingreso ha crecido tanto que millones de mujeres saldrán de la fuerza laboral para estudiar o quedarse en casa (pasar de desempleadas a inactivas). Y es que el Excel aguanta todo.

¿Y de dónde vendrá la oferta de empleo? El Gobierno podría seguir nacionalizando industrias, cosa que no crearía nuevos puestos de trabajo, sólo los transferiría de una cuenta a otra. El déficit fiscal de caja estimado al cierre del 2012 ronda 14% del Producto Interno Bruto (PIB), lo que deja muy poco espacio para un programa masivo de empleo público. ¿Y el sector privado? Menos aún. Esta es una puerta que el Gobierno cerró hace rato. Venezuela es uno de los países de mayor inestabilidad económica.

Los empresarios, además de los numerosos riesgos de inseguridad jurídica y expropiación, no tienen ninguna posibilidad de ajustarse cuando ocurren esos vaivenes. Por un lado, nuestra legislación de bancarrota es de las más costosas del planeta. Es decir, siempre es mejor seguir funcionando con los hierros viejos que tratar de declararse en quiebra y vender activos.

Por otro lado, la legislación laboral también es una de las más restrictivas, prohibiendo despedir trabajadores por debajo de ciertos niveles de salario, haciendo muy costoso el despido cuando es posible, y extendiendo el salario mínimo a un número cada vez mayor de trabajadores. Siendo así, el sector privado no contrata en épocas de bonanza, porque sabe que en el mejor de los casos le será muy caro despedir en tiempos de escasez.

¿Y qué se ajusta entonces? El salario real. Venezuela es uno de los países de América Latina en donde el salario real se encuentra más estrechamente correlacionado con la (volátil) producción. Esta no es una buena noticia. Junto con las numerosas restricciones de liquidez (la baja bancarización en los sectores D y E), la volatilidad del salario genera una volatilidad en el consumo privado que también está entre las mayores de la región.

En concreto, Venezuela es el único país en donde la volatilidad del consumo es mayor a la del PIB (pobre Friedman). ¿Cuáles son los fundamentos del "aumento en la oferta de trabajo" que pregona Eljuri? ¿Aumentará la seguridad jurídica? ¿Respetará la propiedad privada? ¿Flexibilizará la legislación laboral? ¿Reformará la legislación de bancarrota? ¿Armará un diálogo para restablecer la confianza en el sector privado? ¿Cuál es la estrategia?

@miguelsantos12