viernes, 1 de junio de 2012

"Hecho en socialismo"


(El presidente del Consejo Directivo del IESA, Gustavo Roosen, analiza la consigna "Hecho en Socialismo" más como un elemento publicitario que como una demostración de eficiencia al comparar los resultados de los países cercanos, destacando la importancia de la empresa privada en el aparato productivo del país. Publicado en el diario El Nacional el 28 de mayo de 2012)

Luego de un calculado y conflictivo proceso de expoliaciones, nacionalizaciones y expropiaciones, el gobierno del presidente Chávez lanzó hace aproximadamente tres años la marca Hecho en Socialismo como bandera de su acción productiva y como medio para afirmar una orientación ideológica a través de la oferta de productos.

Así aparecerían para el consumidor final productos conocidos como aceite Diana o café Fama de América, además de cemento, cabillas, teléfonos celulares, programas turísticos y un largo etcétera.

La marca ha terminado siendo el sello de cualquier iniciativa del Gobierno.

Sin embargo, además de una afirmación política ¿qué ha significado de verdad para el venezolano el "hecho en socialismo"? La respuesta podría concentrarse en dos realidades constatables: escasez y bajo nivel de producción. Quien va al mercado resiente la falta de productos, incluso en los establecimientos abastecidos y subsidiados por el Gobierno.

Sidor tiene dificultades para satisfacer la demanda, incluidos sus compromisos mínimos.

Agropatria no ha sido capaz de atender los requerimientos de los agricultores y busca tardíamente una salida acudiendo a sus antiguos administradores. El campo en manos del Estado no florece. No se consigue cemento ni materiales de construcción. La falta de producción se resuelve con más y más importación.

En la tarea de construir ­más bien tratar de imponer­ el socialismo ha predominado el voluntarismo y la improvisación. Se ha querido resolver a fuerza de billetes y de burocracia, de incremento de reglas y controles, de propaganda e imposición, de desprestigio de la empresa privada y de creación de obstáculos para su desarrollo.

Se ha trabajado con desprecio u olvido de las reglas básicas de una empresa productiva, de aquellas que tienen que ver con la planificación, la continuidad, la constancia, la búsqueda de calidad, la preparación y el estímulo al trabajador, el fomento de la iniciativa y la productividad.

Expertos en todo, gerentes en nada, los resultados de su empeño dan mucho para las vallas y la propaganda y muy poco para la producción efectiva y el impulso al crecimiento de la economía, el avance de la modernidad y la creación de condiciones de bienestar.

El contraste de esta pretensión con la economía real y la vida de la gente ha hecho que el venezolano vea cada vez con más claridad el papel de la empresa privada, tanto la pequeña como la grande. Los venezolanos aprecian, ahora más que antes, el valor y la importancia de la empresa privada.

Perciben su presencia como algo que les atañe, que toca su vida, que afecta su bienestar, tanto por los productos que ofrece como por el empleo y las oportunidades que genera. La calidad, la diversidad, la competitividad, la seguridad de suministro, la continuidad, el estímulo a la producción nacional por oposición a la simple importación, la generación de un mercado de competencia son todos elementos vinculados en su mente a la empresa privada.

Recientes estudios muestran una mejor comprensión del papel del Estado y de la empresa privada, la atribución al primero de las funciones de orientación y control, y a la segunda, las de producción, abastecimiento de los mercados, generación de empleo, activación de la economía.

Después de tres años de la marca Hecho en Socialismo cabría preguntarse quién se ha beneficiado. No, ciertamente, el consumidor, que ha visto reducida la oferta de productos y ha constatado la escasez; no el trabajador, que ha pasado a enrolarse en una nómina oficial partidizada y dependiente; no, desde luego, el país en su conjunto, no su crecimiento, no sus expectativas.

Pese al discurso oficial los hechos hablan de un enorme fracaso, que contrasta con los éxitos alcanzados en países cercanos, en los cuales el Estado no sólo no ha pretendido hacerlo todo ni ha generado temores, sino que ha estimulado a la empresa privada y ha creado las condiciones legales y materiales para producir, para generar riqueza y empleo y, en definitiva, bienestar.